Y por fin esto se acaba
En que el caballero vuelve a casa y lo meten en la cama, que bien se ve que necesita un buen descanso y los españoles otro, que ya está bien de tanto «Quijote» En casa
ABRALDES
Pues sí señores, esto se termina. Han pasado cincuenta y dos semanas, cincuenta y dos capítulos y todos, ustedes y yo, el dibujante Abraldes o el director de este periódico, insisto, todos, somos un año más viejos. Pero que nadie se deprima. Veámoslo de otro modo: hemos adquirido más experiencia. El capítulo de esta semana ha puesto a cada uno en su lugar. El cabrero que contó la historia tontorrona de la pasada semana acabó faltando al respeto a don Quijote, y entre ambos se inició una pelea bastante cruenta. El cura y el barbero, mostrando la altura de su bajeza moral (¡mira que les he cogido yo tirria a estos dos personajes!) se partían de la risa, burlándose de la riña y disfrutando con el dolor ajeno. Sancho, en cambio, defendió con lealtad y valentía a su amo, y si no fuera porque los criados del canónigo lo retuvieron, peor parado habría salido el cabrero. No detuvo la pendencia ninguno de los testigos, sino el lamento de una procesión de diciplinantes, que marchaban en rogativa para pedir la lluvia y portaban en andas una imagen luctuosa de la virgen. Al oír el lamento que de allí venía, sintió don Quijote la llamada de la aventura y pidió al cabrero tregua, que éste, molido y ensangrentado, concedió de inmediato. Entonces nuestro héroe ensilló y montó a Rocinante, empuñó la espada en su mano, y cabalgó al encuentro de los capirotes, firmemente decidido a liberar a la dama de luto. Sin embargo, viéndolo venir, uno de los costaleros salió de las andas y con su horquilla como arma se dispuso a hacer frente a la acometida, y acertó a dar tal golpe al caballero que lo derribó, dejándolo medio muerto; tal así que Sancho creyó que quedaba muerto entero. El duro regreso Finalmente, cansado de tanta lucha acumulada, se dejó don Quijote conducir en el carro de bueyes sobre una montaña de heno de regreso a casa. Dice la historia que tardaron seis días en hacer el camino, y que a su llegada estaban esperando las mujeres. A Sancho, Juana Panza, que quiso saber primero por la salud del burro. A don Quijote, ama y sobrina, que lo recibieron con gran alboroto y lo metieron en la cama. Porque se habrán dado ustedes cuenta que tras cada una de sus salidas don Quijote acaba irremisiblemente en la cama. Pues allí lo dejamos durante los próximos diez años, que para cuando se celebre el cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, este cronista se propone retomar el relato para solaz de algunos y -Dios no lo quiera- aburrimiento de otros. Y puesto que ya está todo el pescado vendido, don Quijote, Sancho, sus monturas, Abraldes y un servidor les deseamos un feliz año nuevo. Vale.