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Janine Jansen: por la técnica al corazón

La Orpheus Chamber Orchestra brindó, sin director, una de las mejores octavas sinfonías de Beethoven que se recuerdan

Un instante en el concierto de la Orpheus Chamber Orchestra

Publicado por
Miguel Ángel Nepomuceno - león
León

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Después de escuchar a una formación como la Orpheus Chamber Orchestra, realmente uno piensa que muchos directores podrían cambiar de oficio si tienen como meta  hacer sus carreras dirigiendo a formaciones como la norteamericana, que viaja sola, sin conductor. Es tal la compenetración de sus miembros, las horas de ensayo invertidas sobre cada instrumento y las cualidades artísticas de cada miembro que tras escucharla en un recital -porque más que un concierto fue eso-, como el que el pasado jueves ofreció en el Auditorio Ciudad de León, a uno no le salen las cuentas de muchas cosas que se mueven encima y debajo de los podios. La Orpheus es una formación autónoma en la que los propios miembros de la orquesta son los que deciden quién debe de ser el concertino y quiénes deben ser los músicos principales de cada sección para cada una de las obras. Impecable en su arranque con el Le Tombeau de Copuerin raveliano, obra escrita para piano en 1917 y orquestada al año siguiente por el propio compositor, esta versión no mejora la primera pese a contar en esta caso con una cuerda deslumbrante. El rigodón fue lo mejor de esta lectura realizada por la impecable formación norteamericana, quedando el Beethoven y su Octava Sinfonía como referencia de la noche. Nunca, que recuerde este cronista, ha escuchado una versión tan equilibrada, empastada y luminosa como la ofrecida por el Orpheus, con una concertino de turno de impecable arco, medido, matizado y con un tempo ajustado a las tendencias más clasicistas, sin caer en las velocidades que imprimen sus compatriotas, pero tampoco sin dormirse en sus propias corcheas. El allegro scherzando fue una revelación por su trasparencia y constante juego de matices. Naturalmente, la estrella esperada era la genial violinista holandesa Janine Jansen, que a sus 27 años hace locuras con el Stradivarius Barrere de 1727 que la ha tocado en suerte. Poseedora de una técnica aplastante con la que sabe llegar a los públicos más heterogéneos, Janine es un milagro del violín. Afinación muy cuidada Su concierto nº 2 de Prokofiev resultó electrizante, con un estilo tan personal y una afinación tan cuidada en los registros extremos, que cautivó. La carnosidad de su sonido, la precisión en los ataques, la bravura de su ejecución y su profunda sensibilidad sin sentimentalismos fueron sus mejores bazas. Sin edulcoramientos, con sobriedad y sin darle respiro a la orquesta a la que se le hubiera pedido un poco más de agilidad en el último movimiento, la lectura de Janine Jansen fue apasionada y apasionante. Comunicativa, vibrante, con un arco vertiginoso y un vibrato que sólo es una cualidad más de su poderosa mano izquierda, la «princesa del violín», como se le ha dado en llamar, logró una tensa expresividad que supo mantener dentro de unos límites racionales de apasionamiento, de entrega y de brillantez, para lograr una equilibrada belleza en el acople con la orquesta. Impresionante.

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