«¡Nos han tapado su cara!»

El público lamentó que el féretro estuviera cubierto y no se pudiera ver por última vez a la chipionera. Ortega Cano y Rocío Carrasco, inconsolables, recibieron el calor de los madrileños

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Mercedes Rodríguez - madrid
León

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La madrileña plaza de Colón estalló en aplausos a las 11.15 horas, cuando se aproximaba el furgón con los restos mortales de Rocío Jurado y la comitiva fúnebre. Miles de ciudadanos despidieron emocionados a la Chipinionera y dirigían cariñosas palabras a la familia. «¡Ortega, aguanta, estamos contigo!», se podía oír entre el gentío cuando el marido de la artista, el torero José Ortega Cano, se aproximó a las colas que montaban guardia para despedir a la más grande en la capilla ardiente, instalada en el Centro Cultural de la Villa. Emoción, lágrimas y respeto se fundieron en esa mañana, y sólo un lamento se hizo común entre las personas que salían de la capilla: no poder ver por última vez el rostro de la cantante, ya que el féretro estaba tapado. El escenario recordaba a otro sonado día de luto en Madrid, el de la muerte de Lola Flores 11 años atrás. Como entonces, las floristas hicieron su agosto, ya que quien no traía el ramo desde su casa compró claveles rojos y blancos para testimoniar su dolor. Dentro, el ataúd se había cubierto con las banderas española y andaluza. Detrás, una cruz de rosas blancas presidía la capilla: «Todo se nos fue de casa. Tu marido, hijos y nietos», rezaba la banda. Un crucifijo situado a la izquierda de la capilla simbolizaba la fe que acompañó siempre a Rocío Jurado. Y es que, como comentaba una mujer de avanzada edad a la salida del centro, «más que como cantante, que era muy buena, sobre todo era una gran persona, católica y familiar, valores que ahora parece que se desprecian. Y estaba adornada con la bandera de España, como debe ser». Admiración general Comentarios había para todos los gustos porque también rindieron homenaje a la cantante un buen número de gays, seguidores acérrimos de la artista. «Es única, la queremos todos y con ella se va una parte de nosotros», subrayaba una pareja de homosexuales que aguardaban en la fila. Y no sólo fueron madrileños los que se acercaron a la plaza. Había gente de otras ciudades españolas y una buena representación de iberoamericanos. os calificativos de los ciudadanos reiteraban idénticos comentarios: «Única, gran persona y gran artista». Y una queja común: «¡Nos han tapado su cara!». Hubo quien se arrancó a cantar Viva el pasodoble...

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