Saramago: «Las catedrales son espacios audiovisuales que acogen los espectáculos más perfectos»

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efe | potes

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El escritor portugués José Saramago afirmó ayer que «lo importante en el arte es lo que se recupera», aunque las sucesivas «revoluciones artísticas», como el surrealismo o el dadaísmo, hayan pretendido eliminar todo lo que se había hecho antes y quemar los museos para empezar de nuevo. «Nadie empieza de nuevo, no somos más que un paso en una secuencia de seres que han estado dentro de nosotros», añadió el Premio Nobel en Potes, donde participa en el curso de la Universidad Internacional Ménendez Pelayo El jubileo del aprendizaje: Beatos y bibliófilos en la pedagogía de la imagen. El autor de Las intermitencias de la muerte, comparó esa imposibilidad de comenzar de nuevo con la imposibilidad de «matar al padre, simbólicamente, claro» y dijo que, si tal cosa ocurriese, sería necesario resucitarlo «porque si no, no vamos a entendernos». Afirmó que lo audiovisual, uno de los asuntos centrales de este curso, no es «un invento moderno» sino algo tan viejo como el mundo o, al menos, como el mundo cristiano. Para Saramago, las catedrales son espacios audiovisuales que acogen los espectáculos más perfectos, porque están hechos para suscitar en los creyentes emociones de todo tipo y cuyos elementos, la luz, el sonido y «hasta la histeria» hacen que no sean muy diferentes a un concierto de rock. El escritor portugués se refirió a la pasión que despiertan las ediciones facsimilares de obras como el Beato de Liébana , como se conoce a los comentarios al apocalipsis que escribió el monje del mismo nombre en el siglo VIII y que, en su opinión, fue en su tiempo como aquella mariposa de la metáfora que aletea en Japón y causa un terremoto en San Francisco. Para el autor, ahora se vive en «una especie de culto a la imagen como un valor en sí mismo» y la televisión hace una utilización «totalmente gratuita» de esas imágenes, «echando a la cara» de quien mira la pantalla una tras otra sin otro resultado que el aturdimiento. El escritor portugués criticó la «insensibilidad» que trasluce que a un programa dedicado a la vida de los que se conoce, a su juicio erróneamente, como famosos, siga otra bomba en Irak o una epidemia de sida en Africa, «lo que significa que tanta importancia tiene una cosa como la otra». Existe una «santa venerada en los altares de todo el mundo», que es la «santa audiencia», en cuyo nombre, como se decía de la libertad, se cometen muchos crímenes contra la razón, la sensibilidad y el buen gusto, con el aplauso además de las propias víctimas.

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