León

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EL DUEÑO del Emperador ha demostrado que, probablemente, no es un empresario modélico. Todos los cines de la Elde, que llegó a tener los mejores de León, han ido cerrando uno a uno, en una lenta sangría. Ayer le tocó el turno al último teatro de la ciudad, el Emperador. Mario Amilivia lleva dos mandatos llenando titulares de periódico con sus buenas intenciones de comprar el Emperador e impedir su cierre. Hace más de un año que dijo que encargaría cuatro tasaciones para averiguar el valor de este inmueble de los años cincuenta, pero no ha hecho nada de nada. Alguien miente o, probablemente, las dos partes. El propietario seguramente ha pedido una cantidad desorbitada; y el Ayuntamiento, que no tiene un euro de liquidez ni prácticamente patrimonio, nunca ha estado en condiciones de adquirirlo. Las víctimas, como siempre, serán los ciudadanos, que verán el eclipse de un teatro emblemático. Un teatro que -digan lo que digan la Elde o el Ayuntamiento- es un poco de todos los leoneses. Y uno piensa que la economía de un Ayuntamiento es más o menos como la de cualquier hogar, es decir, que hay que establecer prioridades si el sueldo es escaso y los gastos cuantiosos. Por eso, no se entiende para qué gastaron dinero en comprar el Abella, que lleva años apolillándose, o por qué hay que pagar dos, tres o los millones que sean a sociedades anónimas como la Cultural o el Ademar. Si nadie lo remedia, el teatro, en pésimas condiciones de conservación, se vendrá abajo cualquier día y sólo entonces lo lamentaremos...

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