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JESÚS GARCÍA-LUENGOS
León

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EL TEATRO Emperador ha cerrado sus puertas, al menos por el momento, después de cincuenta y cinco años y miles de sueños, despidiéndose con un ciclo de cine titulado como este artículo. Sus dos últimas películas nos han mostrado los intestinos del cine ( La noche americana, de Truffau, basada en el rodaje de una película) y los sentimientos y pasiones que proyecta ( Cinema Paradiso, de Tornatore). Ambas reflejan cómo el cine rehace la vida y cómo ese milagro creativo se incorpora a las nuestras. Más que un ejercicio nostálgico (en el que cámaras digitales y móviles intentaban detener el tiempo tapizado de fieltro granate) la última función del Emperador es un mensaje de futuro y un contundente alegato en favor de la cordura y la memoria todos los leoneses. Como tampoco podía ser de otra manera, las dos frases de la noche estuvieron a cargo de los actores. «Para ganar dinero hoy en día hay que meterse en una inmobiliaria, no en el cine», le espetaba el productor de la película en La noche americana, rodada en 1973, a un Truffau con audífono. Por su parte, el propietario del Cine Paraíso -magnífico exponente de la fusión entre el cine y la vida- comentaba amargamente que el solar que albergaba dicho cine, ya en ruinas, había sido adquirido por el ayuntamiento para hacer un parking. Risas, cargadas de ironía, que alcanzaron la gran araña de cristal del teatro. Por si a estas alturas no estuviese claro, quien no entienda que el auténtico progreso consiste en preservar lo que somos -y una parte ínfima pero sustancial de nuestro código genético emocional reside en esas butacas de madera donde también se sienten literalmente los muelles- no se ha enterado de qué va esta película o padece cierta ceguera. Para Freddo, el alma del Cinema Paradiso, el progreso (en forma de celuloide incombustible) llegó tarde y se quedó ciego cuando se incendió su cabina mientras sorteaba la clausura del cine por el cura proyectando una película sobre una fachada de la plaza del pueblo. Otro profeta del progreso, Fellini, cuya huella estuvo presente en la última noche del Emperador, se cansó de propagar la sabia consigna «haz que todo sea mágico» mientras combatía en sus últimos años la interrupción publicitaria de las películas en televisión, alegando que no se puede cortar un sentimiento. Cuestiones básicas pero tan difíciles de prosperar en los tiempos que corren. Los leoneses sabemos que muchos otros teatros han desaparecido del escenario nacional (nuestro ejemplo más cercano en el tiempo es el Trianón) y fuera de nuestras fronteras. El actor argentino, Miguel Angel Solá, consciente del teatricidio perpetrado en su país, abogó hace un año en el Emperador por la lucidez de los leoneses y de los responsables políticos. Los primeros tenemos el derecho a exigir que León sea cada vez más ciudad, y no menos, y los últimos están obligados a cumplir sus promesas y que el Emperador, nuestro único teatro, siga destilando cultura por los cuatro costados.

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