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El vértigo expresivo de la línea
El veterano pintor burgalés Ignacio del Río, compañero de fatigas de Vela Zanetti, expone en la sala Lucio Muñoz de la Junta
Ignacio del Río junto a las obras que expone en León
Fue compañero de fatigas de Vela Zanetti en su periplo caribeño, pero no guarda buen recuerdo del pintor de los labriegos de toscas manos y los panes como soles. Admira la poesía de Victoriano Crémer, del que se confiesa amigo. Y pinta solamente cuando le apetece, cuando de su interior salta esa chispa milagrosa que todo lo enciende. Disfruta jugando con el color y llenando los papeles de gestos más que de líneas. Hablamos del pintor Ignacio del Río que estos días expone en la sala Lucio Muñoz, de la Delegación Territorial de la Junta, sus Poemas actuales en color. Ignacio el Río es un hombre inconformita que está en contra del freno a la evolución humana que en muchos casos ha supuesto la religión. Que se enfada cuando habla de las galerías de arte, en manos de «personajes muy poco profesionales, que son galeristas porque sus papás son ricos, pero que no tienen ni idea de lo que es el arte». Tampoco está muy de acuerdo con las instituciones que se gastan millones en «cosas que no resistirán el paso del tiempo, que dentro de unos años tendrán que tirar a la basura, porque no valen nada». Le fastidian los pintores abstractos que hacen meras copias, «que no aportan ninguna originalidad, que no son capaces de poner algo propio en sus cuadros». Del Río vive contra corriente, disfruta de cada momento de muchas maneras, «incluso pintando», y no le importa nada lo que va suceder mañana. El pintor deja tras de sí una larga estela de retratos en los que pinta con singular acierto a sus amigos, a personajes que quizá no sean famosos «ni maldita falta que hace», pero que sí que son sus personajes, los semejantes con los disfruta, con los discute, con los que dialoga. Son estos retratos la mejor muestra de cómo el pintor es capaz de sintetizar en sólo unas líneas la personalidad del modelo. Son obras apresuradas de alguien a quien el corazón y la cabeza le funcionan a muchas más revoluciones que las manos. Son los suyos retratos llenos de vida, plenos de emoción, desbordantes de color. Toda una lección de pintura. Vivió en París y en América, se ha casado cuatro veces y ha vivido los años de dos en dos. De sus tiempos en las cálidas tierras del Caribe le ha quedado el recuerdo de las peleas de gallos, Los gallos del alba , los llama, un espectáculo que discurre con ritmo vertiginoso, en el que el ojo humano pierde buena parte del movimiento, de la vibración colorista de dos contendientes que se destrozan sin saber por qué, la sin razón corre pareja con la sangre y la tragedia gravita amenazante sobre el círculo del corro. Del Río pinta el sangriento espectáculo con extraordinaria fuerza, con unas intensas líneas negras que se convierten en zarpazos, con unas manchas rojas que son preludio de la muerte¿ y a pesar de todo consigue que la belleza esté por encima de tan sangriento espectáculo. Otro capítulo de esta muestra es el dedicado a los toros. Del Río vive la Fiesta Nacional desde la lejanía. Una gran exposición pero, sobre todo, un gran personaje, un artista que ha sabido vivir su ya larga vida como lo que es: un pintor bohemio e inconformista que gusta de pintar sus recuerdos y que pretende dejar perenne recuerdo de sus amigos a través de su pintura. Lugar: Delegación Territorial de la Junta. Horario: de 11.00 a 14.00 y de 18.00 a 20.00; sábados, de 12.00 a 14.00.