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CÉSAR GAVELA
León

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LE FELICITÉ por teléfono el lunes, como todas las Nochebuenas. Este año cumplía 95, pero Ramón no estaba en casa, sino en la clínica Quirón. Le habían intervenido por una rotura del fémur y Ramón estaba incómodo, pero también cariñoso y cordial, como siempre. Me preguntó por mi mujer y por mi hijo con su eterno acento berciano, y no podía pensar yo que se podía morir tan pronto. Pero fue una inesperada neumonía la que pondría fin a la vida del gran escritor leonés. Ramón Carnicer Blanco nació en Villafranca del Bierzo en 1912. Pronto huérfano, vivió su infancia y adolescencia en la villa con su madre y sus hermanas, y allí estudió el bachillerato. Allí, también, fue un joven romántico y allí descubrió su vocación de escritor. En 1932 se fue del Bierzo, tuvo un empleo en Correos, vivió en varias ciudades, hizo la guerra y se instaló en Barcelona en 1939, huyendo del horror falangista, que había asesinado a su cuñado Francisco Delás y a su tío sacerdote Bernardo. En Barcelona Ramón estudió Filología y ya en 1943 era profesor universitario. En 1953 se casó con la irlandesa Doireann MacDermott, también profesora, y a partir de aquel tiempo Ramón se integró en la intelectualidad catalana más crítica con el régimen de Franco. Ramón Carnicer publicó veinticinco libros. Algunos tuvieron gran repercusión, como el revelador Donde las Hurdes se llaman Cabrera, crónica de un viaje realizado en 1962 por la entonces remota comarca leonesa. Otro de sus grandes libros describe un largo viaje por Castilla la Vieja en los años setenta. Sin olvidar su excelente crónica sobre el Nueva York de 1968, donde vivió medio año. Ramón también escribió dos libros de cuentos, cuatro novelas y diversos libros biográficos y ensayísticos, todos ellos publicados en las mejores editoriales catalanas aunque eso de nada sirvió cuando una leva de indocumentados redactó hace poco en Valladolid un listado de escritores leoneses. Y es que Ramón nunca anduvo detrás del poder y de sus voceros. Él siempre fue libre y elegante, y viajero incansable por todo el mundo, aunque sin dejar de sentir nunca la llamada del Bierzo y de León, provincia con la que siempre estuvo comprometido. Ramón era irónico, cálido, educadísimo, con algo de profesor inglés. Y un gran conversador en el café o en la intimidad de su hogar en la ladera del Tibidabo. Ramón tenía muchos amigos en Cataluña, entre ellos Gabriel Ferrater o Gil de Biedma, y había sido profesor de Carlos Barral. Era un gran imitador y bordaba a Jordi Pujol. ¡Cuánto nos reíamos entonces! Yo tuve la fortuna de hablar con él varias tardes en aquella casa de Barcelona. Y de disfrutar con sus burlas hacia el nacionalismo radical, entonces incipiente. También crucé con él varios cientos de páginas de correspondencia, donde su filial magisterio siempre me emocionó. Ramón Carnicer era un ejemplo moral en todos los ámbitos del vivir. Un hombre íntegro y lúcido, que amaba la vida, que amaba León y que amaba al idioma español, al que dedicó cinco libros de estudios. Ramón fue un hombre universal. Con raíces en la tierra del Burbia y del Valcarce.

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