Escritor y miembro de la Real Academia
«Me gustaría incluir en el diccionario amachambrar, cegarato o escogollar»
«No me puedo imaginar un territorio mejor que la Academia para ser explorado», dice el escritor, para quien la literatura leonesa tiene elementos comunes «muy profundos»

Fernando Alvarado
«Entrar en el bosque de las palabras». Con esta frase que suena a aventura resume José María Merino (La Coruña, 1941, pero leonés de infancia y de corazón) su nueva e ilusionante trayectoria como miembro de la RAE. El cuarto leonés de la institución. -Era de justicia que el mejor cuentista (no sé si le gusta el calificativo) estuviera en la RAE... -Gracias por la valoración, pero me imagino que también habrán tenido en cuenta mis novelas... Sin embargo, yo creo que en este asunto hay algo de tópico, pues los actuales narradores de la Academia (Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz Molina, Ana María Matute) todos han escrito también muy buenos cuentos literarios, y miembros de la Academia fueron cuentistas tan importantes como Azorín y Fernández Flórez, por poner sólo dos ejemplos. Que el cuento literario esté en la Academia es natural y tradicional. -Además, ocupará el sillón «m», que ya se puede decir que es la «m» de Merino. ¿Le hace especial ilusión esta letra? -¿Por qué no? El azar está lleno de inescrutables significaciones que a mí siempre me gustan por lo misteriosas, sobre todo si me favorecen, claro. -¿Conoció a su predecesor, a Claudio Guillén? -En alguna ocasión charlé con él. No sólo era un sabio en materia de literatura comparada, sino que tenía una cultura inmensa. Además, era persona de trato cordial. Ya he dicho que me encuentro muy honrado de ocupar el sillón donde él se sentaba. -¿No le impone eso de ser académico? -Naturalmente. Pero por lo que he podido atisbar, en la Academia hay un ambiente magnífico de compañerismo y buena colaboración. Por supuesto que ser académico lleva consigo responsabilidades importantes, sobre todo en el trabajo con las palabras. Pero intentaré estar a la altura de las circunstancias. -¿Por qué sólo hay tres mujeres en la RAE? -No lo puedo saber, pues desconozco las circunstancias en que se han desarrollado los sucesivos ingresos, pero las tres mujeres que hay (Ana María Matute, Carmen Iglesias y Margarita Salas) han entrado prácticamente a lo largo de la última década, lo que indica una tendencia al ingreso de mujeres de mérito que, desde luego, encontrará en mí un seguro promotor y defensor. -¿No cree que queda un poco anticuado lo de «limpia, fija y da esplendor»? -La Real Academia es una institución ilustrada que nace en el siglo XVIII, independiente, laica y con una vocación digamos instrumental, es decir, de trabajo con las palabras, con el lenguaje. Ese lema contiene la metáfora que sus fundadores entendieron como más adecuada a su misión. A mí me gusta, pues creo que, dentro de lo que hoy puede parecer ingenuidad, conserva el aire de los orígenes, tiene solera. Renunciar a ese lema, o modificarlo, sería como cambiarnos el apellido que hemos heredado de nuestros antepasados porque nos parece poco moderno. -¿A un académico no le asaltan dudas sobre el idioma? -A todo escritor le asaltan continuamente dudas sobre las expresiones que utiliza en su modo de trabajar. Seguramente los académicos que son filólogos y lingüistas se encuentran más seguros en el campo de las palabras, porque conocen mucho mejor su etimología. Precisamente una de las cosas que me ilusiona de la Academia es poder trabajar al lado de estos expertos. -¿Cuando escribe tiene siempre un diccionario a mano? -He dicho otras veces que yo entré en la literatura, de niño, con la ayuda de los diccionarios. En mi casa tengo muchos, aparte del de la Real Academia: el Casares, el María Moliner, el Corominas-Pascual, el Covarrubias, el Seco, unos cuantos de sinónimos y antónimos y hasta la Enciclopedia Espasa, que heredé de mi padre. Lo maravilloso del diccionario es que puedo entrar en él para comprobar un término y luego echar a andar entre palabras y palabras y perder la tarde entera... El diccionario es un mundo muy particular. Parafraseando a Borges, diría que es uno de los más deleitables géneros literarios. -¿Qué palabras le gustaría incluir en el diccionario? -En el diccionario está metalenguaje pero no metaficción ni metaliteratura , aunque sin embargo muchas creaciones literarias, desde la propia Niebla unamuniana, cabrían en esa denominación. Tampoco está distopía , en cuanto reverso de utopía. Y hay unos cuantos leonesismos verdaderamente expresivos que me gustaría ver incluidos: amachambrar, cegarato o escogollar. -A los periodistas se nos acusa de atentar continuamente contra el lenguaje. ¿Lo hacemos tan mal? -No se debe generalizar: en la prensa hay textos de poca calidad, pero también textos ejemplares. Acaso en los medios audiovisuales es donde más se descuida el lenguaje. En cualquier caso, que seamos conscientes de la necesidad de mantener un lenguaje de calidad no creo que sea una exigencia excesiva, en estos tiempos de creciente conciencia ecológica: al fin y al cabo el lenguaje es un ecosistema, un conjunto de seres vivos interrelacionados, y hay que procurar que se conserve lo mejor posible, no deteriorarlo por brutalidad o por descuido. -¿Ha pensado ya de qué va a hablar en su discurso de ingreso? -Empezaré a pensarlo en cuanto termine unas cuantas tareas que tengo pendientes (un cuento, un artículo, una conferencia) y que debo entregar a finales de abril. De todas maneras, antes de mi toma de posesión deben leer sus discursos Javier Marías y Darío Villanueva, de manera que tengo tiempo suficiente para reflexionar. -Luis Mateo Díez es gran amigo suyo, ¿también lo son sus otros dos padrinos, Arturo Pérez-Reverte y Álvaro Pombo? -Con Luis Mateo Díez me une una amistad honda, ininterrumpida a lo largo de muchos años... A Álvaro Pombo lo conocí cuando ambos comenzábamos a estudiar nuestras respectivas carreras universitarias, pero luego la vida nos distanció y solo nos hemos encontrado fortuitamente algunas veces. Con Arturo Pérez-Reverte establecí contacto a raíz de su libro La tabla de Flandes , pero luego también nos hemos relacionado sólo de forma esporádica. En cualquier caso, yo les estoy muy agradecido a los tres porque en la Academia son personas muy respetadas, de modo que su apoyo ha sido decisivo para mi ingreso. -Acaba de recibir el premio Salambó y ahora le llega el ingreso en la RAE, ¿cree en las buenas rachas? -Creo en el azar, para lo bueno y para lo malo. Nunca imaginé que a La glorieta de los fugitivos , un libro de minicuentos, y en competición con verdaderos pesos pesados de nuestra narrativa, le diesen el premio Salambó.. Y el ingreso en la Real Academia es otro de esos regalos inimaginables de la vida. Pues sí, parece que este año las hadas se han puesto cariñosas conmigo, aunque yo nunca me he quejado de cómo me han ido las cosas. -Está claro que no hay unanimidad a la hora de hablar de una literatura leonesa. Pero quizá esté de acuerdo en que hay un grupo de escritores leoneses, como usted, Luis Mateo, Colinas, Gamoneda, Pereira... que tienen en común el ser correctores impenitentes. -No habrá unanimidad al hablar de literatura leonesa, pero haberla, hayla, y además de evidente calidad a juzgar por la respuesta de lo que pudiéramos llamar las «condiciones objetivas». Cuando haya perspectiva suficiente, se verá que la literatura que hemos escrito y estamos escribiendo en estos tiempos los leoneses (genuinos o afincados) tiene muchos más elementos de similitud y relación profunda de lo que pudiera pensarse a simple vista. -¿Tiene pensado qué le gustaría hacer en la RAE? -A mí lo que me ilusiona es entrar en el bosque del diccionario y ponerme a trabajar con las palabras, junto con mis colegas escritores y con los filólogos y otros especialistas... No me puedo imaginar un territorio mejor para explorar y cuidar en este período de mi vida.