Metamorfosis de la ausencia
EL VIAJERO que, por motivos de peregrinación o simples ganas de ver mundo, llega a la plaza de Santa María, mejor conocida como plaza de La Regla, viniendo por la antigua Ferrería de la Cruz, actual calle Ancha, se detiene en la esquina unos instantes para admirar la pétrea construcción que se le impone ante los ojos. Por un momento la contempla como una escultura, es decir, un objeto al que es posible rodear con la mirada, en este caso, al menos, por dos de sus costados. Pero, según se va acercando, el viajero debe reconocer que la magnitud del edificio comienza a envolverlo a él, engulléndolo en el espacio que crean sus líneas. A pesar de las cornisas que dividen horizontalmente la fachada en varios pisos, la estética del gótico hace predominar las líneas y, sobre todo, las sensaciones verticales. Finalmente el viajero, tras deambular erráticamente por la plaza doblando el cuello todo lo posible para mirar hacia arriba y ver cómo las aristas tienden a converger en un infinito más cercano de lo que uno creería en principio, se decide a entrar. Normalmente la puerta del Juicio se encuentra cerrada, por lo que el viajero tendrá que dirigirse a la izquierda y, tras pasar por delante del locus apellationis, plantarse frente a la puerta de san Juan. Allí, también en el centro mismo del friso inferior del tímpano, unos angelitos accionan los fuelles de un órgano de apariencia más pequeña que el anterior, mientras otro pulsa su teclado. En las arquivoltas siete personajes coronados tañen diversos instrumentos, casi todos de cuerda. Entra el viajero por fin y se deja llevar por la inercia avanzando a lo largo de la nave del evangelio. Sin darse cuenta, porque la perspectiva no se lo permite, pasará por debajo de la vidriera más antigua y también más famosa, La Cacería, entre cuyas desordenadas figuras hay una que tañe un órgano. Sigue el viajero a vanzando y, al llegar al crucero, sus ojos ya se han acostumbrado a la penumbra y pueden ampliar la perspectiva, cortada por el coro durante muchos metros. Levanta entonces la mirada hacia la izquierda y ve el rosetón Norte, también una vidriera de las antiguas. Si su vista es suficientemente buena, podrá distinguir otro organito entre los quince instrumentos que se representan en sus medallones. Continúa el viajero deambulando por la girola y en una de sus capillas encuentra un pequeño retablo gótico con santa Cecilia tañendo el preceptivo órgano. Es el quinto que le sale al paso en su recorrido y quizás en el coro aún pueda llegar a distinguir otro más entre los angelitos que rematan los guardapolvos de la sillería alta. El viajero cae entonces en la cuenta de que se trata de una catedral muy «organística» no sólo por los mencionados elementos decorativos, sino también en sentido arquitectónico, por la semejanza de los baquetones que abren y aligeran los pilares con los tubos de un grandioso órgano, como esas estructuras pétreas que en algunas serranías y cavernas la gente ha bautizado espontáneamente como «órganos». E, inmediatamente, el viajero cree poder deducir que el órgano principal de esta iglesia tiene que ser un instrumento excepcional, único. Incluso se permite imaginar un chiste darwiniano jugando con el principio «la necesidad crea el órgano», pero la realidad no admite chistes y le obliga a poner los pies en el suelo. «El viajero cree poder deducir que el órgano principal de esta iglesia tiene que ser un instrumento excepcional, único»