Mónica López, como Aurora en la serie «Acusados».

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León

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El invento del maligno boquerini

La entrevista es uno de los géneros periodísticos más nobles. Algo tan sencillo como una persona que pregunta y otra que responde puede convertirse en un hecho gozoso cuando se tiene algo que contar y las preguntas son adecuadas. También puede desvelar aspectos sorprendentes de las vidas de las personas cuando se interroga de forma adecuada. En televisión, el género ha dado productos memorables, desde aquellos inolvidables A fondo del maestro Joaquín Soler Serrano a las conversaciones envueltas en silencios y humo de Jesús Quintero. Sin olvidar las de José María Íñigo en Estudio abierto o las más recientes de Julia Otero.

Pero actualmente, con Juan Ramón Lucas de vacaciones, no hay ningún programa de entrevistas en la televisión. Lo que hay, mucho, son personajillos de tres al cuarto, sin nada que decir, que acuden a ridículos programas de televisión como las moscas acuden a la mierda (con perdón para las moscas), a ser interrogados, previo pago, por una caterva de tertulianos chillones y faltones. Las figuras más representativas de la creación, de las artes, las ciencias o la cultura, son permanentemente ignoradas en la televisión.

Es penoso que unas personas con tanto que decir, sean ninguneadas por unas cadenas mucho más preocupadas en los cotilleos de verduleras (con perdón para las verduleras), que en quienes están haciendo historia. A lo más, se manda a reporterillos con ganas de hacer méritos en la telebasura para, micrófono en ristre, intentar sacar alguna palabra a quienes no tienen nada que decir. Los aeropuertos, el ave, las calles, se han convertido en improvisados platós en donde estos reporterillos en prácticas presiguen con preguntas absurdas a famosillos ridículos que generalmente intentan zafarse de este acoso como pueden, sin responder a nada.

Últimamente, el género de la entrevista, según lo entienden las televisiones, ha alcanzado una nueva cota. A falta de poder acceder a la vivienda de los interfectos, estos aprendices del reporter Tribulete entrevistan al portero automático. La cámara enfoca la rejilla del portero automático de un portal, el reporterillo pregunta por el telefonillo y la voz de alguien, no se sabe quién, responde, generalmente molesta.

También, en estos días, estamos asistiendo, sobre todo entre la clase política, la forma que tienen de evitar preguntas incómodas grabando un video con la respuesta adecuada para sus jefes de prensa y asesores de imagen, video que envían a las televisiones.

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Por supuesto, las cadenas, aún fascinadas con la posibilidad de entrevistar a alguien a través del portero automático de su domicilio, las emiten, sin cuestionarse nada más, en unos informativos en los que todo cabe, como en las boticas (con perdón para los boticarios). Así hemos pasado de aquellas magnificas conversaciones con Josep Pla o Jorge Luis Borges de A fondo a las respuestas sin pregunta de nuestros políticos, y a entrevistar directamente a los porteros automáticos. Como siempre en televisión, también en las entrevistas, vamos mejorando.