Crónica | miguel ángel nepomuceno

«Dejadme descansar»

La gran dama del piano que falleció el viernes en Barcelona estuvo muy unida a Eutherpe donde impartió dos cursos y dio un concierto en el Auditorio

Alicia de Larrocha junto a Margarita Moráis, directora de Eutherpe.

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León

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Acercándose al prestigioso maestro la pequeña Alicia le tiró de la americana para que reparase en ella, al tiempo que le decía: «Yo también quiero tocar». Tres semanas después entraba en el centro donde permanecería al lado del maestro hasta su fallecimiento en 1959. Después sería la propia Alicia quien dirigiría hasta hoy la renombrada Academia. Descanso y silencio es lo que por última vez pidió esta infatigable mujer que de sus 86 años 83 los pasó delante de un piano impartiendo sabiduría y humildad mientras sembraba el mundo de música excelsa, de alumnos que la adoraban y de ese repertorio tan nuestro que cuando nadie apenas lo conocía ella lo hizo tan universal y personal que en ningún país se quería escuchar la música española sino era interpretada por Alicia de Larrocha. Así se convirtió en la embajadora por antonomasia de nuestros más señeros compositores del teclado porque jamás, nadie, consiguió decir y expresar como ella la música de Granados, de Albeniz, (su Iberia es la referencia absoluta de cómo se debe tocar esta locura de obra) de Falla, de Mompou, y, por extensión, de los románticos, Chopin, y Schumann, a los que más que interpretarlos los oficiaba, Beethoven, Mozart, y los impresionistas, Ravel, Debussy, Fauré. Ahora Alicia descansa en paz, como deseaba, pero su música no dejará de sonar en los reproductores del mundo entero porque ¡ella era la música de España!.

1397124194 Alicia en el país de las maravillas: Eutherpe . La relación de Alicia de Larrocha con León comienza y termina con Eutherpe y su presidenta Margarita Morais, gran amiga, que en el 2002 la invitó a impartir un curso en su auditorio y se apuntaron tal cantidad de alumnos, 80, que la desbordó. «Ahí viene el pelotón de León» decía cariñosamente al grupo compacto de alumnos que puntualmente se presentaba a sus clases. De su estancia entre nosotros quedó memoria en el emotivo concierto que ofreció en el Auditorio el día 14 de junio del 2003, aprovechando ese curso. Un Chopin modélico, un Turina todo fragancia en su Alegría andaluza y un Albéniz de reclinatorio, fueron el regalo que esta menuda pero inmensa mujer hizo a los leoneses. Sus clases «eran lo mejor, dice Margarita, por la amenidad, la sabiduría y la vitalidad que desplegaba en ellas, pero sobre todo por el cariño.

Era una mujer recta, seria, tremendamente sincera y directa que no tenía pelos en la lengua y decía lo que realmente sentía, sin cortapisas. Dos años después intentamos que regresara a Eutherpe pero la salud ya no la acompañaba y nos dijo que no podía venir. Entonces le dije: «No te preocupes Alicia, nosotros vamos hasta Barcelona; tú, ni te muevas». Y para allá nos fuimos todo el «pelotón de León» para escucharla por última vez. Se quedó sorprendida de este traslado de Eutherpe a la Academia Marshall. Allí hicimos el curso con casi medio centenar de alumnos de toda España. ¡Sin ninguna duda ha sido la pianistas más importante del siglo XX!, dice. Nada de cancelaciones si no sucedía algo insuperable. La he visto trabajar sus manos durante las comidas y descansos: estirando tendones, abriendo los dedos, apoyando sus puntas ¡Increíble su vitalidad y constancia! Eran pequeñas con relación al teclado pero proporcionadas para su cuerpo menudo. Su mirada directa y franca, me daba toda la confianza que podía desear. En ella, todo era de verdad ¡Qué gran fortuna encontrarte con sus ojos! Su gesto era austero pero cuando te miraba, podías comprender que estaba hecha de cariño toda entera. Sentí un escalofrío enorme cuando hace años, la conocí por primera vez. Todos los pianistas hemos querido tenerla cerca, aunque sólo fuera por un momento, escucharla al vivo, verla tocar con esa bravura y entrega que emocionaba. Desde el primer día, nos unió un afecto muy especial. ¡Cuánto disfrutamos juntos, alumnos y profesores, en la Academia Granados-Marsall, aquel lugar con sabor tan familiar, con Ali, su hija  que la cuidaba con tanto amor y con los profesores y amigos que trabajan en la Academia! Nos hicieron sentir que, aquel lugar, era otra casa nuestra», concluye con emoción Margarita.

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