opinión | el invento del maligno
Oliart
La reportera más sexy de «Sé lo que hicisteis» se cambia de cadena siguiendo los pasos de Sara Carbonero

La reportera Pilar Rubio, que deja la Sexta por Telecinco.
Estupor. Esa es la palabra que mejor puede definir el estado general de la opinión después de conocer el nombre del nuevo presidente de RTVE: el ex ministro Alberto Oliart, de 81 años. A mucha gente le ha llamado la atención que RTVE, después de prejubilar a los mayores de 55 años, haya venido a adoptar como cabeza a un hombre de edad tan avanzada. Es lógico. Todos conocemos casos de grandes personalidades que han hecho maravillas con esos años y todavía más, pero no es lo común. Sin embargo, Oliart tiene a su favor otro argumento de gran impacto público: es un candidato «de consenso» entre el PSOE y el PP. El «consenso» es una de esas palabras que en la cultura política española comparecen revestidas de un aura casi mágica. Se diría que sólo hay cosas buenas si vienen por consenso y que el consenso es bueno en sí mismo. El consenso, como todo el mundo sabe, consiste en que Fulano defiende A, Mengano defiende B y, como no se ponen de acuerdo, deciden C. La cosa no deja de tener sus rasgos admirables, por lo que encierra de renuncia generosa, pero sólo si después se cumplen ciertos requisitos. El primero y fundamental: que Fulano y Mengano renuncien también a imponer después, por la espalda y en la sombra, sus criterios A y B de partida (la vida política española está llena de consensos oficiales que se han roto luego entre bastidores). El segundo requisito, y quizá no menos importante, es que la solución C sea útil, o sea, que sirva para algo, porque, si no, lo que tenemos no es una solución, sino un nuevo problema. El trabajo del señor Oliart como presidente de RTVE no lo podremos juzgar hasta que tengamos elementos de juicio, pero sí podemos enjuiciar su cualidad como «solución C». Desde esta perspectiva, da la impresión de que PSOE y PP han tratado de superar sus sustanciales desencuentros recurriendo a una figura que todo el mundo pueda aplaudir porque nadie se sentirá agredido, pasando a segundo término la cuestión de si Oliart es el gestor que RTVE necesita. En plata: a falta de un ejecutivo enérgico, han apostado por colocar a una «reina madre».