Diario de León

Obituario | Miguel Ángel Nepomuceno

Una luz como la de Italia

Velasco rechazó notables ofertas por su Emperador querido

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León

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Estos últimos años no habían sido amables contigo, Juan Antonio, y la vida, en general, tampoco. Desde que el Emperador dejó de ser la caja de los sueños, tu vida fue un viaje inexorable hacia el centro de la nada.

Porque, no lo neguemos, el cine fue tu vida en el más amplio concepto del término y la pintura la mejor expresión de esa vida que el destino no quiso regalarte. Estoy seguro de que hubieras sido un buen galán, no sólo por tu físico a lo Joseph Cotten, a quien idolatrabas, sino por ese espíritu un tanto «desasosegado», pero caballeroso y amable que siempre te definió. Todavía recuerdo, con esa nostalgia que los años edulcora, las largas veladas en el «cine club universitario», cuando al concluir la impecable proyección con la que Joaquín Revuelta nos obsequiaba cada fin de semana con películas de culto y estrenos demoledores, corrías hasta la cabina para felicitarle e iniciar una de esas interminables diatribas sobre la estética y la ética del cine que solo concluía a altas horas de la madrugada al calor del proyector, cuando nuestro querido y en mala hora ido, Benigno Castro, proponía continuar «la oración nocturna» en alguno de los pub de los alrededores.

Pero lo que más vívido tengo en mi memoria es la ansiada espera para que llegara el lunes y colgaran de la fachada del cine al que habías entregado toda tu vida, el Emperador, los enormes carteles anunciadores del estreno de la semana con aquellos rostros que ahora tanto echamos de menos y que a veces mutilaban . «Fíjate como era la censura -”decía-”, que llegó a retirarme carteles y cubrirlos con brochazos para eliminar escote, piernas, hasta me los quemaban». Tu vocación quedó marcada cuando con siete años te llevaron a ver Morena clara en un cine de Bembibre, y con 16 pintaste tu primer cartel en Ponferrada. Nos lo recordabas aquella noche gloriosa en la que te concedieron en el desaparecido Platón, el premio al mejor escaparatista del norte de España que te proyectó hacia otras latitudes mucho más generosas que ésta, con Italia como telón de fondo, pero que al final rechazaste porque León, el dibujo y el cine, daban sentido a tus inquietudes.

Luego, los amos, vendieron el cine con suculentos beneficios para ellos y te dejaron en la calle cargado de miedos, de incertidumbre y desengaño, y lo que es peor, sin medios para encarar los años de angustia que se avecinaban. Ni las soberbias exposiciones de carteles que tus amigos organizaron para que las nuevas generaciones conocieran tu arte sirvieron para dar ilusión a tus días.

Y ahora, cuando todo hacía pensar en ese final feliz que merecías, te apresuraste a partir, como hiciste siempre, sin avisar, hacia esa luz que, como la de Italia, tanto te atraía.

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