Mundial de Sudáfrica 2010 | Gula de goles

El gran secreto

León

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El de ayer fue un partido de infarto. Fue como una de esas novelas de misterio que tardan en arrancar, pues en las cien primeras páginas no ha ocurrido aún nada, hasta que, de repente, ya no hay párrafo sin que suceda algo. Como hemos venido manteniendo, a veces, hasta el final no queda sentenciado quién es David y quién Goliat. Villa, nuestro David, nos dio -de nuevo- el gol de la victoria. Una señorita de Paraguay había prometido desnudarse en público si los suyos nos ganaban. Tendrá que esperar al próximo Mundial; ella seguirá estando en plena forma, pero a muchos de nosotros, en cambio, ya se nos habrá pasado la edad de doblar a James Bond en las escenas peligrosas. No obstante, se le agradece.

También los paraguayos salieron con gula de goles. Nunca hubo motivos para subestimarlos. Pudieron ganar. Alemania es un gigante, como nosotros. Para muchos, la final anhelada era España-Argentina. Maradona nos tenía ganas, y hubiese sido un placer ver la cara del Pibe encajando nuestros goles. A la «mano de dios» le ganaron el pulso los alemanes, que cuando se ponen wagnerianos, algo a lo que son proclives por genes, más te vale no intentar hacerles frente con una banda municipal sino con toda una sinfónica. Pero la Roja también es talla grande. Muy grande. Hacen bien en temernos.

Lo dijo Villa: «El palo ha querido que entrase». Prosa recia que hubiera querido firmar Hemingway. Tampoco estuvo mal esta otra de Maradona tras la derrota de su selección, apesadumbrado por el dolor: «Ha sido una trompada de Mohamed Alí». A veces, no hay mejor poeta que quien ignora serlo. El miércoles, Goliat se las verá con Goliat. Nosotros además tenemos a David. Y esta felicidad actual ya no nos puede ser robada. ¿El Times achacará también a Sara Carbonero el penalti parado por Casillas?

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