Diario de León

Mundial de Sudáfrica 2010 | Gula de goles

Parar un penalti

Iker detuvo el penalti de Paraguay.

Iker detuvo el penalti de Paraguay.

Eduardo Aguirre
León

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Parar un penalti ha de ser, hablando en términos gastronómicos, manjar de dioses. Como cocinar con trufas. La estadística demuestra que la mayoría de estos lanzamientos entran en la red. Luego, es más fácil marcarlo que fallarlo. No me estoy refiriendo a ese tiro que le lanza a usted su cuñado en el pasillo de casa en el jardincillo del adosado, sino al trallazo de un jugador profesional.

Quizá no sea comparable al eureka de Arquímedes o al soplo de las musas sobre Homero, pero no ha de andar muy por detrás en el escalafón. Parar un penalti suele sentenciar un resultado. La hazaña de un instante.

En el 2009, la Universidad de Exeter dio a conocer sus investigaciones sobre estos lanzamientos. Según el profesor Greg Wood, cuando un penalti es parado no se debe tanto al mérito del guardameta como al subconsciente del jugador que lo lanza. No se me ría aún el lector, que el asunto tiene su aquel. Asegura que la presión psicológica es tan grande que el futbolista tiende subconscientemente a chutar en dirección del propio portero, como tendemos a apagar la luz al salir de una habitación, aunque no esté encendida.

No es que la psique vaya siempre con el equipo rival, pero digamos que por inclinación ancestral, tatuada en los genes, se tiende a mirar al enemigo a la cara, cuando ha de hacerse lo contrario. No suena disparatado. «La mejor forma de tirarlo es fijarse en un punto muerto y disparar hacia allí», recomendó, «sin fijarse en quien ha de detenerlo». Argumentado así, tiene su lógica y no le vamos a enmendar la plana a un insigne investigador inglés. Tomamos nota. Pero permítanos por unos días, mister Wood, aferrarnos a que nuestro Casillas detuvo un meteorito con las manos; él solo, sin la ayuda de Sigmund Freud. Es decir, permítanos seguir creyendo en la magia.

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