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cosas de los mundiales | javier tomé

Rosinha la Bengaleira

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Con la gloria bien amarrada entre los dientes, el Parlamento italiano destinó la friolera de 60.000 millones para reacondicionar las estructuras futbolísticas de un país que pretendía ganar el segundo Mundial en su propia casa, después del triunfo logrado en 1934 bajo la batuta del más bien brutico Mussolini. Buena prueba del poderío transalpino es que se pusieron por primera vez a la venta entradas de asiento para los distintos partidos, un detalle de confort que sin duda agradecieron los espectadores. No acabaron tan satisfechos en cuanto al número de goles anotados con el balón Etrusco, rácano en demasía al no registrar más que 2,2 tantos por encuentro. Ante semejante poderío de los sistemas defensivos no resulta extraño que el guardameta local, Walter Zenga, lograse el récord de imbatibilidad al cerrar a cero su marco durante nada menos que 518 minutos.

Otros jugadores no estuvieron tan afortunados. Por ejemplo, el tramposo portero Rojas de la selección de Chile. Su equipo perdía por 1-0 frente a Brasil, cuando se lanzó una bengala cerca de su posición. Entonces, fingió que el artefacto pirotécnico le había alcanzado y se abrió una brecha en la frente con una cuchilla de afeitar que llevaba escondida entre los guantes.

Una vez descubierta la superchería, Chile fue expulsada de las eliminatorios para el Mundial y Rojas, más que merecidamente, sancionado de por vida. En cuanto a la responsable del lanzamiento de semejante bomba incendiaria, apodada por la prensa «Rosinha la Bengaleira», recibió de la revista Playboy alrededor de 40.000 dólares por figurar en su portada. Pese a toda la fuerza del once local, la Argentina de Maradona doblegó a los azzurri en las semifinales, aunque no lograría alcanzar un triunfo final que correspondió, por tercera ocasión, a la bien engrasada maquinaria alemana. Un plantel de talentos dirigido por Franz Beckenbauer, la mayor leyenda del fútbol teutónico.

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