Gula de goles (28) | Eduardo Aguirre
La felicidad
El título de esta crónica me impone. A ver si, como mínimo, el texto sale a la altura de tan prometedor anunció de neón. Gran partidazo, Alemania-España. Ahora, nos queda Holanda. No vendamos la piel del oso antes de cazarlo, nos argumentará el agorero, ese señor que cuando ha de gritar gol lo hace siempre en monosílabo, como si le costase, cuando lo bonito es alargar la vocal, por lo menos hasta el cuatrisílabo, ¡gooool!, pues ya más es hacer malabares con la garganta, como Camacho, al que cada día le encuentro más parecido con nuestro escultor Amancio González, o a éste con aquél. En fútbol, la felicidad es consecuencia de una verdad exagerada por la pasión. Un equipo gana y tú te alegras como si te fuesen a pagar a ti la prima. ¿Cabe mayor altruismo? ¿Se alegra usted de la misma forma porque la empresa de Billy Gates, de la que no es accionista, haya tenido grandes beneficios?
La felicidad del periodista de deportes es muy especial, porque me atrevo a intuir que la suya es una vocación que le viene de su propia casa, de sus padres, de esa patria -lo dijo Rimbaud- que es la infancia. Al nacer, el futuro redactor de deportes ya lleva fijado cuál es el equipo de fútbol de sus amores, que luego más o menos disimulará en sus escritos; en esto no hay libre albedrío posible, salvo en algunos casos excepcionales, en los que más por puñetero que por convicción sincera se hacen del equipo contrario al de su progenitor. El periodista de deportes siempre encesta en la papelera, ama su trabajo y aún cree en los héroes. ¡Qué envidia! El pasado jueves, la felicidad de esta sección del Diario de León formó una aurora boreal. Y tal sentimiento esconde uno de los misterios más hermosos del oficio. En el periodista de deportes, y yo no lo soy, sigue vivo Peter Pan. O Wendy, claro.