León

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A seguraba, y con mucho acierto, Mahatma Ganhdi que «un esfuerzo total es una victoria completa». Y Baloncesto León, a base de compromiso, solidaridad y, tampoco hay que negarlo, calidad, ha logrado hacer fácil lo imposible, convertir un camino que parecía lleno de espinas, en un placentero trayecto en el que se ha encontrado con miles de viajeros, los aficionados fieles que siempre han creído en el equipo a las duras y las maduras, y a otros que se han sumado al abrigo de una temporada ilusionante.

Se puede ganar o perder pero lo verdaderamente gratificante es haberlo dado todo. León está dando buena muestra de ello empezando por sus rectores y en especial Joaquín Rodríguez, y siguiendo por el técnico Javier de Grado. Su denuedo por situar al equipo de su vida en lo más alto está dando sus frutos. Lo mismo que el compromiso de una plantilla si cabe más leonesa que nunca, culpable de este renacer deportivo como actor principal. La mejor demostración fue el pasado viernes ante el Breogán donde una derrota previsible se convirtió en un apoteósico triunfo que hizo revivir en muchos aquel espíritu del Elosúa que le llevó a tocar la gloria en la ACB en la década de los 90. Parecía que los años no habían pasado y esos Xavi Fernández, Reginald Johnson, Herreras, Xavi Crespo y compañía se habían mimetizado en los actuales Seawright, Quezada, Bernabé, Jorge García y Julio González.

Salvando las distancias, este León huele a garra, entrega y a éxito. Y todo con una plantilla corta a causa del drástico recorte presupuestario, pero inmensa en ambición. Un plantel capaz de hacer callar a aquellos agoreros que le pronosticaban un sufrimiento extremo. Asegurada la permanencia y con el play-off en el bolsillo lo siguiente debe ser sumar y sumar en una liga donde León no es comparsa sino protagonista principal.

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