un partido de leyenda | en directo
Para todo lo demás, MasterCard
La afición no logra colgar la bufanda blanquiazul en Cibeles, pero regresa con miles de ilusiones y de euros gastados.

A las ocho de la mañana había una consigna firme: un grupo de aficionados colocaría a la diosa Cibeles la bufanda de la Ponferradina tras su victoria ante el Real Madrid. La legendaria fuente se llenaría entonces de chavales dipuestos a retar al frío y se celebraría una gran fiesta colectiva, en plan «champán por las tetas». Pero la realidad desgració la catarsis blanquiazul. El 5-1 suprimió la hombrada. «Nos vamos con la derrota para casa, pero también con la convicción de que tenemos un equipo que ha jugado bien y que no tiene nada que envidiar», resume Carmen, de Toral de los Vados. Es una de los cientos de bercianos y bercianas que siguieron a su equipo en alguno de los 51 autobuses que se fletaron desde algún punto de León. Se fue con la cara de tener el corazón encogido, pero con la satisfacción de la experiencia vivida. «Metimos el gol de la gloria, el que teníamos que haber metido en el partido de ida», se consuela Andrés, presidente de los Jabatos de Ponferrada.
El partido del año para la Sociedad Deportiva Ponferradina tiene una singular intrahistoria que arracancaba ayer al amanecer. Casi 3.000 chavales, padres, clubes, grupos de amigos, parejas... empezaban el día subiendo a un autobús destinado al Bernabéu. Empezaron abriendo el apetito futbolero con más fútbol, viendo el partido disputado en El Toralín hace menos de dos semanas. Madrid les recibía con una boina de polución. A mediodía, el entorno del campo de fútbol empezó a llenarse de estandartes y color. Pelucas de Navidad, peluquines de verdad, polainas y coleteros, cuernos. Todo vale para formar parte del espectáculo que les espera en la casa blanca, el templo de la opulencia propagandística, donde todo huele a dinero.
Doce euros por realizar un recorrido por los más de cien años de historia del Real Madrid. Diez euros por una bocina. 20 euros por una modesta bufanda. 70 euros por una camiseta de la temporada. 35 euros la entrada. Para todo lo demás, a seguir con la MasterCard. Pero a los guajes, que no entienden de dinero de plástico, les valió un millón de ilusiones. «Pfffff, me he hecho del Real Madrid», confesaba Mario, de nueve años, al ver por primera vez el interior del Bernabéu desde una privilegiada vista reservada para las visitas del tour . Viene acompañado por su madre y más familias. Las dos adolescentes que les acompañan despliegan dos cartulinas en las que profesan su amor por dos futbolistas del equipo madrileño. «Sergio Ramos, esperáme cuatro años», reza el lema de la pancarta de Laura, obviamente de 14 años de edad. La de su amiga Raquel va dirigida a Ronaldo. Son de Cacabelos, como los demás del grupo: Marta, Susana, Mónica y Rosana. Todo el mundo que paga quiere hacerse una foto en cualquier rincón del estadio. Todo vale: la entrada de vestuarios, los sillones de coche Audi en los que se sienta Mourinho, el plóter con la fotografía en tamaño real del actual equipo, las copas de Europa, las del Rey, Ligas, copas intercontinentales; todo lo que sea posible explotar, vaya. Incluida la primera copa donada por el Rey Alfonso XIII al Madrid por proclamarse campeón de España en los años 1905, 1906, 1907 y 1908. «Magnífico, monumental», suelta un niño gritón, sobrado de energía. Como están a esa hora casi todos los que van llegando a Madrid. La mayoría se hacen notar. Tienen seis horas para hacer tiempo, así que muchos vuelven al partido cargados con bolsas de compras. Otros simplemente vuelven cargados. Se escuchan las primeras porras. «Un 1-1 estaría bien, aunque va a ser difícil», opina José Luis Rebollal. Sus amigos Antonio Carrera y Francisco Javier Carrera son mucho más optimistas, demasiado. Los que hay llevan desde el sábado en Madrid esperando y celebrando este partido, como si fuera una boda gitana. Carlos, Paula, Dani y Óscar se han ido más que satisfechos porque se produjo el gol. «Éste es el orgullo minero», dice por el centro de Madrid un padre de familia cargado de compras navideñas. Los chavales de Camponaraya empiezan a montar bulla en cuanto ven a los fotógrafos. Llaman su atención porque quieren decir bien alto y al unísono que «Ronaldo es de la Ponfe, lo siento madrileños».
A las siete de la tarde, las taquillas están a reventar. «¿Qué esperamos? Pues esperamos dar mucha guerra», dice el portavoz de la familia Telerín. Son primos primeros, primos segundos y hermanos, todos de Ponferrada. Alberto y su esposa Chus, que también son de Ponferrada, viven en Villalba (Madrid). Pero son socios del Club Los Piratas del Sil y visitan la ciudad cada vez que la ‘Ponfe’ juega en casa. «Vamos por eso y por el ‘táper’ de la suegra, claro». «Aquí venimos a ganar y, si no, no pasa nada porque estamos orgullosos de ellos», decía Mirian, de la peña Impacto Blanquiazul, a punto de empezar el gran partido. «El Madrid tiene más dinero, pero no más ganas de ganar», remató. Ponen música house para espolear. El césped no huele a césped, ni de día ni de noche. Empieza el partido y automáticamente el público se empieza a acordar de las madres de los que juegan. El campo está prácticamente repleto. Los precios populares lo han llenado de familias residentes en Madrid que nunca antes habían pisado el estadio.
«Gracias afición», recuerda un luminoso cartel colocado en la fachada de un Bernabéu ya vacío.