Mireia se libera y quiere más

«No me separo de la medalla, tengo miedo a perderla», afirma la nadadora laureada.

Belmonte, en la rueda de prensa tras su serie de 800.

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J. Gómez Peña | londres
León

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Mireia Belmonte tiene un tesoro. Y lo lleva siempre con ella. «No me separo para nada de la medalla. Me da miedo perderla». Muhamed Ali, cuando fue campeón olímpico, durmió varias noches con el oro. Mireia no se atrevió el miércoles: temía romperla durante el sueño. Pero la tuvo al lado. Llevar ese collar de plata ha supuesto su liberación. El final del miedo al fracaso, de la ansiedad, del mal que atenaza los brazos.

Hasta hace no tanto, su entrenador tenía que acompañarla hasta el poyete de la piscina. Temblaba. Le costaba asumir la presión de las grandes citas. Se arrugaba antes de tocar al agua. Ya no. Con la llave de plata forjada en la final del miércoles ha descorchado los botones de su clase.

«Nunca me influyeron las críticas cuando no rendía. Al revés, me motivaban», dijo este ayer. Tiene uñas largas. «Me gustan así, es una de mis manías».

Sabe defenderse. Y el viernes nadará su tercera final, la de 800 metros, su prueba (se clasificó con el cuarto mejor registro). «Tendré que bajar dos segundos mi marca para luchar por las medallas. Pero sé cómo afrontarlo. Con tranquilidad».

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Belmonte pertenece a la generación ‘twitter’. La red sirve de confesionario. Hablar en público le cuesta; prefiere escribir lo que tiene dentro en los 140 caracteres de ‘twitter’: «El ascensor hacia el éxito está fuera de servicio; tienes que subir las escaleras poco a poco». La Belmonte que resiste. Se hundió en su primera final olímpica en Londres 2012, cuando terminó última. «Era la primera final olímpica de mi vida. Estuve tensa», reconoce. Bajón. Ahí se agarró a ‘twitter’ y deletreó: «Parece fácil darse por vencido, pero no lo hagas». Continuó braceando. Si no, en la piscina te ahogas. Y mantuvo su sueño de metal. El miércoles, en la final de 200 mariposa, lo consiguió. «Para alcanzar lo que nunca has tenido tendrás que hacer lo que nunca has hecho». Ese mensaje fue una premonición. Se colgó la medalla de plata con su mejor tiempo, con récord de España y después de olvidar su habitual táctica conservadora. Salió a por todas. A todo o nada. «No me lo creía», confesó.