boxeo
Guantes de barrio, cuando la pelea no acaba en el ring
Vicente Barrul hace labor social en La Inmaculada con el boxeo. «Los engancho al deporte y los saco de la calle».
El ring y los guantes, la realidad diaria para los 71 alumnos con los que el ex púgil leonés trabaja a diario durante varias horas en el gimnasio que supervisa en el centro cívico de Ventas Oeste en La Inmaculada.
Los gimnasios de boxeo que funcionan en los barrios —del extrarradio generalmente— casi siempre tienen un denominador común. Allí la gente no juega al pádel, boxea. Y eso ya es una declaración de intenciones; marca territorio. El boxeo como vía de escape de la calle. También como terapia. Como elemento de socialización. «Un niño viene a mí con una chispa de interés; alimento la chispa y se convierte en una llama», decía el mítico Cus D’Amato, uno de los mejores entrenadores de boxeo de la historia.
Cualquier aficionado puede percibir esa chispa, ese ambiente en gimnasios así. En los de Detroit —de donde salieron mitos como Frazier o Hearns— o en los del Bronx. Pero no solo allí. En el barrio leonés de La Inmaculada hay uno que también respira ese aire de gimnasio que florece en un barrio complicado donde chicos difíciles se adentran en el mundo del boxeo y descubren que es una puerta para una realidad mejor.
Se llama ‘Fuerte y constante’ y lo dirige el ex boxeador leonés Vicente Barrul. Vicentín para muchos de sus paisanos. Un púgil que tiene en su curriculum varios campeonatos de España en el peso gallo (54-55 kilos) en el que peleaba.
—¿Por qué ese nombre?
—«Porque así soy yo y mi corazón. Lo tengo tatuado encima de mi corazón», responde sin dudarlo un segundo.
‘Fuerte y constante’. Las palabras tatuadas encima de su corazón valen también para explicar este proyecto suyo tan personal porque es ante todo un trabajo de autor. Empezó hace tiempo en un nave abandonada con un puñado de chavales también en La Inmaculada y ahora, en dependencias del centro cívico de Ventas Oeste, es el maestro de 71 jóvenes deseosos de ponerse cada día los guantes y disfrutar del pugilismo.
«Hace tres semanas que lo abrí. Me dejaron ampliarlo y ya tengo 71 chavales pero seguro que vienen más», explica Vicente Barrul sin poder ocultar su orgullo por ver como su gimnasio —una mezcla de centro deportivo y proyecto social— se va asentando poco a poco en el barrio. «Tengo niños y niñas de seis años hasta cerca de treinta».
«Por las mañanas voy al gimnasio un par de horas para prepararlo todo y por la tarde empezamos a las cinco y media y a veces no llego a casa hasta las once». Trabajo, está claro que no le falta. «Pero esto a mí no me cuesta nada, sabes; lo he hecho porque he querido».
En el antiguo barrio de Corea cobrar puntualmente al mes no es tarea fácil. Pero en ‘Fuerte y Constante’ no se trabaja con el horizonte del dinero. «La gente paga en función de lo que tenga. El que puede aporta algo; grandes y pequeños todos aportan veinte euros al mes. Unos pueden mejor que otros y hay algunos que no pueden nada. Obligar no obligo a nadie y si cojo algo de dinero lo gasto en el gimnasio no lo meto en el bolsillo», apunta para ilustrar su filosofía y para reflexionar brevemente que él no hace como muchos políticos en alusión al actual rosario de casos de corrupción. «¡Tela marinera lo que están montando eh!», dice agitando la mano en un gesto inequívoco.
Sin embargo tiene palabras de elogio para el concejal de Deportes del Ayuntamiento de León, José María López Benito. «Conmigo fue una persona de palabra», recuerda para explicar que fue él quien le consiguió las dependencias vacías de Ventas Oeste cuando su anterior gimnasio, ubicado en una rotonda frente al colegio Cervantes, sufrió varios incendios que obligaron a su derribo.
Incendios bastante extraños aunque Barrul prefiere pasar página de todo aquello y no acusar a nadie. «Aquel primer gimnasio lo monté en el barrio con un dinero que ahorré de las chapuzas que me iban saliendo. No me alquilaban locales en mi barrio y la verdad es que me mosqueé pero no pude hacer nada. Entonces vi una nave abandonada desde hace mas de diez años al lado del colegio Cervantes y levanté un gimnasio con ayuda de más gente. La verdad es que nos montamos un gimnasio buenísimo con un ring y todo. Pero a los tres meses se incendió, aunque esto es algo de lo que no quiero hablar más; prefiero pensar que fue un accidente».
Lo cierto es que el fuego no afectó en exceso al material de su gimnasio y pudo continuar a trancas y barrancas. «Tiramos
cinco meses pero nos lo intentaron quemar dos veces más y ya no se pudo seguir allí».
Consiguió una cita con López Benito. «Lo único que quiero es un local tengo mi gente, mis sacos y mis guantes», le dijo en el Ayuntamiento. Y se lo consiguió en Ventas Oeste. «Ahora tenemos agua, que antes teníamos que arreglarnos con unas garrafas», dice recordando la precariedad inicial.
Se le nota encantado de trabajar con los jóvenes, que le conocen de siempre. «Hago labor social en el barrio y estoy feliz. Aquí hay muchos niños con problemas y yo intento ayudarles con mi club, que es un club federado, con todo legal». Además está descubriendo nuevos talentos. «He hecho cinco licencias ya», dice con orgullo. Entre esas cinco licencias está la de su hijo, Toño Barrul, que ha conquistado recientemente la medalla de bronce en el Nacional Juvenil. «Es una persona muy espontánea y muy cercana. En el gimnasio hay muy buena armonía con él», dice sobre su padre.