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JESÚS ALAÑÁ
León

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Desde mi jubileo

En su día, la película ‘La Diligencia’ me pareció absolutamente lenta, lo que hoy en día se podría calificar como de «un auténtico coñazo». No es deporte, pero es que la lentitud tampoco vale en lo extradeportivo. Hoy, muchos años después, me parece un reflejo de lo que es la vida administrativa en nuestro país: dilaciones, despreocupación por parte de los políticos y de los funcionarios por el interés de los ciudadanos y trabas sin cuento para la puesta en marcha de iniciativas empresariales…

Entre las varias definiciones que el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ofrece del término «diligencia», además de «que un correo a caballo camine 30 leguas en 24 horas» (casi 17 kilómetros, que ya es lentitud en los días que vivimos) hay otras. A saber: «cuidado y actividad en ejecutar algo» o «prontitud, agilidad, prisa».

Pues no. Parece que las Administraciones Públicas no son precisamente «diligentes» en esas últimas acepciones y son más bien una diligencia al viejo uso a la hora de hacer más lento lo que debería de ser más ágil.

Juzgad vosotros si John Wayne era más rápido en la película de John Ford que lo que ahora son nuestras instituciones. Para ello, os cuento lo que he vivido de manera directa el día 17 de los corrientes... Ha querido la casualidad de que, en esa fecha haya asistido, perplejo, a la entrega a su propietario de una «licencia de apertura de un establecimiento hostelero» por parte de una funcionaria del Ayuntamiento de Villaquilambre. Nada anormal, en principio, si no fuera porque la licencia (que era de cambio de titular) había sido solicitada hace tan poco tiempo como el… ¡27 de febrero de 2015!

Diligencia: casi 10 meses para otorgar una licencia que no era la solicitada, teniendo en cuenta que ya lleva tiempo abierto al público. Diligencia: licencia de apertura, no de cambio de titular, que era lo solicitado. Diligencia: casi 300 euros de coste para el solicitante por esa minucia de casi 10 meses de retraso. Diligencia: límite de horario de apertura (hasta la 1,30 los días de diario y hasta las 2,30 los fines de semana, sin vigilar el consumo de agentes de la autoridad en horas de servicio, no vaya a ser que…). Diligencia; aforo máximo de 61 personas, como si el dueño y sus trabajadores estuviesen obligados a contar, uno por uno, a cuantos acceden al establecimiento (miedo me da ser el número 62)…

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Concluyo: en la película de John Ford (que no me es simpático) protagonizada por John Wayne (que tampoco me es simpático) las cosas iban más rápidas que 84 años después. Y no me vale ninguno de los «diligentes» de hoy en día: todos van a seguir mirando sus privilegios. Al ciudadano… ¡que le den y espere!