El torneo recuerda a Viktor Korchnoi
D icen que mayo es el mes de las flores, pero el final de mayo y el comienzo de junio de este 2016, sólo traen aroma de flores de cementerio. A la muerte de nuestro Arturo Pomar, se sumó hace algunos días la noticia del fallecimiento de Viktor Korchnoi. Ambos mueren a los 85 años de edad.
Ríos de tinta se han vertido para describir la figura de Korchnoi y en esta opinión no hay espacio suficiente para glosar la grandeza de este extraordinario jugador de ajedrez. Por el contrario, mi intención es hablarles del Korchnoi que yo conocí y traté.
No fue una persona fácil. De carácter agresivo y desconfiado, con un punto de sadismo cuando competía, y él competía siempre, demostró toda su vida un amor obsesivo por el ajedrez.
Tuvo una infancia de hambre y miseria en el Leningrado cercado por los alemanes durante la II Guerra Mundial, él mismo decía que verse obligado a deshelar nieve para obtener agua para beber y cocinar, o tener que llevar por sus propios medios al cadáver de su abuela a enterrar, siendo apenas un niño, forjó su carácter de hierro.
Lo conocí personalmente en 1995, cuando vino a León para jugar el Magistral, no lo hizo demasiado bien en nuestro torneo, pero él ya era un jugador mítico después de luchar en épicos matches por el título mundial contra Anatoly Karpov, su más odiado enemigo , matches donde la poderosa URSS le bautizo como el ‘Traidor’ tras fugarse de allí y solicitar asilo político en Holanda, dejando atrás a su familia y amigos. El resto del mundo le llamó ‘El Solitario Apátrida’ que se enfrentó a la opresiva maquinaria soviética.
Me vienen a la cabeza diversos recuerdos del gran Korchnoi, pero me centraré en dos que describen bastante bien su personalidad. En una cena durante el torneo magistral del 95, la conversación derivó hacia los problemas de salud de otro gran jugador ruso, Lev Polugaevsky, al que todo el mundo llamaba ‘Polu’. Pues bien éste había tenido un grave derrame cerebral y se encontraba en estado crítico en un hospital francés. Korchnoi que primero había sido intimo amigo de Polu y después de su huida de la URSS, había pasado a ser un enemigo a muerte más, hizo el siguiente comentario: «¿ Ya sabéis lo de Polu, verdad?». Todos respondimos afirmativamente con cara de circunstancias, y el con una gran sonrisa en su rostro, añadió: «Pero lo divertido (¿)del asunto, es que el derrame le ha afectado a la parte del cerebro con la que hablaba su idioma natal (el ruso) y ahora solo le queda la otra con la que tiene que defenderse en su mal inglés» y se rió alegremente. En la mesa se hizo un silencio que el propio Korchnoi zanjó diciendo: «De este modo a la KGB le costará más entender sus informes». Nunca perdonó a ninguno de sus enemigos. Yo quiero pensar que tal vez sí lo hizo al final de sus días.
El otro aspecto de su carácter era el desmesurado amor que sentía por el ajedrez. ‘El ajedrez es mi vida’ es el título de sus memorias. Podía pasarse horas y horas analizando partidas o hablando de ajedrez. Era infatigable incluso cuando ya era muy mayor. Jugué contra él en dos ocasiones. Perdí la primera, en ese Magistral de León, y fui alabado por él en los análisis posteriores. Mi juego, según él, había sido creativo e interesante, pero yo había perdido y a él se le veía feliz.
La otra partida fue tablas, y aquí, siempre según su opinión, mi juego había sido mucho peor, casi desastroso. «Usted no sabe nada de ajedrez. ¿Puede usted decirme el objeto de una jugada tan ridícula?». Esas y algunas otras lindezas de este tenor tuve que aguantarle al ‘Terrible Viktor’ en esa ocasión. Yo pensaba para mis adentros ¡menos mal que no se me ha ocurrido ganarle! Porque entonces…
Así era Viktor Korchnoi, grande entre los grandes, campeón sin corona, un extraordinario jugador que nunca dejó indiferente a nadie. Suizo de corazón, nos ha dejado, allí en su país de adopción. El Magistral Ciudad de León le recuerda con devoción.
Con todo mi respeto y admiración, descanse en paz, Maestro.