Diario de León

LUCHA LEONESA

Daniel, el Luchador

Vuelven los corros y serán noticia los vencedores Otra cara de la lucha más singular merece no caer en el olvido.

Rubén Cerezal en combate seguido por su padre en sus comienzos en la base. A. B.

Rubén Cerezal en combate seguido por su padre en sus comienzos en la base. A. B.

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A. Barreñada | León

«El primero de los que luché con ellos fue Ernesto; alguna vez le pude dar algo, pero entero nunca. ¡Era lo mejor! Y estaba ‘Nacho’, lo mismo, y el de Valdealiso, y Pedro el de Taranilla... Maestros, maestros».

Este domingo, en la Romería de Camposagrado, se vuelve a los cintos; con dificultades y ‘telares’ (que se dice en leonés), pero con hambre de lucha. Volverán a agarrarse muchos de los que más se escribe (aunque siempre sea poco) y faltarán tantos con los que hasta la memoria de los más fieles es injusta.

Daniel es Cerezal Fernández, de ‘Danielón’ el de Corcos, de la casa grande con quince hijos que no se cambió por la que obsequiaba el Régimen, de la saga que con él a los corros dio a sus hermanos Felipe, José Antonio y Jesús, a sus sobrinos Emilio, Pedro, Joselu... a su hijo Rubén... Daniel no mereció muchas líneas de las crónicas de los ochenta, aunque para él sea inolvidable cómo pudo arrancarle una caída al ‘Tabique’ de Argovejo en el Corro del Millón, «que hasta las paisanas me voceaban», o aunque en el poso fino de la mejor cosecha hayan quedado las medianas que enhebraban él y los suyos...

Lleva más de treinta años peleando con duro adversario. «Desde que vine de la mili, que de setenta bajé a cuarenta kilos... pero seguí luchando».

No se encontraba en casa la foto que le hicieron a los cuatro hermanos en tiempo que andaban por los luches. Sí está aquí una del hijo, Rubén, cuando comenzaba a gustar de los agarres: «Luchaba con una chavala que lo hacía muy bien; ganó el mío».

Dice Daniel de las chicas, que «¡hombre! ¡ahí está la nuestra de Corcos! Y de las que he visto ahora, hay una mocina de Cistierna, que se apellida Riaño (yo luché con su padre), son ella y un hermano, pero ¡Dios ella!»

Si le preguntas a Daniel, te responde como los paisanos, de cara y sin sebe, sobre la femenina, o sobre cualquiera de las mancaduras que arrastra la lucha: «No es como antes, claro que no. En pesados había chavales que luchaban bien, que hacían de todo ¡eh! Ahora se ponen ahí, y el que caiga... No he visto una mediana... Pocas. Igual, el de Mansilla pa’ lante, el de Valdearcos, los dos hermanos...».

Le amputaron hace años una pierna, más tarde la otra, y parte de la mano, un riñón... Pasó por un ictus que le obligó «a estudiar aquí en el hospital a, e, i... como antes; todavía se me escapan algunas cosas».

Y, en estos días, de nuevo pasaba Daniel, el de Corcos, el de las medianonas, por quirófano, para otro recorte... «Me ha tocado, pero bien, andar por muchos de estos hoteles, pero con una pierna sola iba a jugar al fútbol a Almanza, sin las dos he llevado el coche y el tractor, he ido al monte ¡y la fiesta me gusta con cojones!»

En la última planta del Hospital de León se encierran situaciones de las más hundidas, y alguna de las más altas: «Yo he animado a mucha gente aquí, porque hay gente que está hecha una mierda, y ya ves cómo estoy yo», sonríe Daniel. «Una señora que estaba muy mal -le habían cortado una pierna- y yo le dije ‘¡mira, mira cómo estoy yo! ¡Dentro de unas semanas echamos un baile y verás cómo andas bien!’ Y oye: cómo que se animó cuando la que la llevaba en la silla le dijo, ¡si éste anda..!»

«Hay que ser duro, hay que aguantar. Si no, no se puede luchar». Dice Daniel.

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