Diario de León
Messi asistió a Iniesta para que el de Albacete marcase el cuarto gol del Barcelona. BALLESTEROS

Messi asistió a Iniesta para que el de Albacete marcase el cuarto gol del Barcelona. BALLESTEROS

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JESÚS BALLESTEROS | MADRID

Llevado en volandas por un majestuoso Iniesta en su penúltimo servicio a una escuadra a cuya grandeza ha contribuído como pocos, el Barcelona conquistó su trigésima Copa del Rey en la primera final del Wanda Metropolitano y la cuarta consecutiva tras ganar 0-5 al Sevilla, igualando así la gesta que sólo dos equipos habían completado antes: el Real Madrid de comienzos del siglo XX y el Athletic de los años treinta de la pasada centuria. Dos tantos de Luis Suárez y otro de Messi sirvieron para que el cuadro azulgrana certificase el primer título de la era Valverde en una primera parte primorosa en la que los culés exhibieron un fútbol colosal con el que arrollaron a un Sevilla desconocido que tendrá que arrimar el hombro en la Liga para sacar el pasaporte para la Europa League de la próxima campaña tras perder el vuelo directo por la vía de la Copa.

Justo premio con el que el Barça aliviará sus penas por la debacle continental en un partido que, ya sentenciado, se convirtió en un merecidísimo homenaje a Andrés Iniesta, uno de los mayores talentos de la historia del fútbol español que se despidió por la puerta grande en su última final, rubricando con un soberbio gol en el que dejó sentado a David Soria el que fue, sin duda, su partido. Y eso, en tiempos de Messi, son palabras mayores. Se marchará a China Iniesta, que lleva ya 31 títulos con el Barça, también con otra Liga que se da ya por descontada y que culminará una carrera sólo a la altura de los más grandes. Lo hará además con otro tanto para la hemeroteca que sumar a aquel que hizo en Stamford Bridge para meter al Barça en la final que significaría su tercera Copa de Europa y ese otro en Sudáfrica que provocó el delirio de todo un país hermanado por el fútbol. Apenas la guinda de un encuentro, otro más, formidable gracias a sus dotes de prestidigitador.

Subido a lomos de su gigantesco centrocampista, avasalló el Barça de principio a fin al Sevilla, que tuvo que esperar 22 minutos para completar una jugada digna de tal nombre. Para entonces, ya perdía por 0-1 y no había encajado otro tanto porque David Soria había respondido con una parada de póster a una falta botada por Messi. No salía de la cueva el cuadro nervionense y, en la primera ocasión que lo hizo, recibió un duro mazazo. Sacó en largo Cillessen, que pilló con el paso cambiado al conjunto andaluz. Una genialidad del cancerbero tulipán, que puso en la bola en la bota de Coutinho con un servicio digno del mejor quarterback de la NFL para que el ex del Liverpool, tras ganarle la espalda a la descolocada zaga sevillista, diese el pase de la muerte a Luis Suárez, que sólo tuvo que empujarla a la red.

Desaparecido Banega, el Barça se dedicaba a hacer rondos, con Jordi Alba percutiendo por el carril izquierdo, donde sus asociaciones con Iniesta asfixiaban a Navas. No había un sólo futbolista del Sevilla entonado, todo lo contrario de lo que sucedía en el Barça, donde Coutinho se divertía tanto como Messi e Iniesta disfrutaba como un chaval. Aparecía el manchego por todos lados, en una exhuberante exhibición de lozanía impropia de un veterano como él. Pero la calidad no entiende de edades y los grandes futbolistas, como los buenos vinos añejos, deleitan el paladar tanto a pequeños como a grandes sorbos.

Un Sevilla perdido

El Barça ponía tierra de por medio ante un Sevilla famélico. No era sólo la distancia, ya de por sí grande, sino las sensaciones. Los azulgrana destilaban finura, entonando una melodía perfecta bajo la genial batuta de Iniesta. Demasiado morlaco para tan timorato torero, que recibió la cornada mortal en otra contra de manual en la que Messi dejó solo a Luis Suárez para que el uruguayo se convirtiese en el décimo futbolista capaz de certificar un doblete en la primera parte de una final del torneo del KO.

Rumbo a China

Severo pero merecido correctivo a un Sevilla fantasmal. Ni sombra del vigoroso conjunto que estuvo a un tris de cortar la imbatibilidad del Barça hace unas semanas en el Ramón Sánchez Pizjuán. Entonces fue Messi quien apagó su ardor con su providencial irrupción en el terreno de juego. En el Metropolitano fue un mago llamado Iniesta quien sacó el conejo de la chistera por última vez para conquistar su trigésimo primer título como azulgrana y, con casi total seguridad, el penúltimo antes de poner rumbo a China. Ya pueden frotarse las manos en el gigante asiático. No han visto futbolista tan excelso por la SuperLiga ni caballero tan intachable como el humilde genio de Fuentealbilla. Se marchó ovacionado en un estadio rendido a su genialidad.

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