OPINIÓN Marro
Mis diez mejores luchadores (I)
Rompemos los moldes habituales para complacer a algún sector que echa en falta «nombres propios y sus circunstancias». Como lo cotidiano y el día a día no corresponde al compromiso de este columnista, nuestra aportación lo habrá de ser en clave de luchadores más o menos históricos y con las consiguientes matizaciones. Y como testimonio de que no hemos venido rehuyendo los nombres propios, y a título de recordatorio para algunos, desempolvamos nuestros análisis nada menos que de noviembre del 95 (8 y 15) bajo estos mismos titulares de «Mis Diez Mejores Luchadores». Esta columna va a conjugar pra la ocasión en primera persona para, y en base a criterios personalistas y subjetivos, exaltar a los mejores luchadores de mi Generación. El Cuadro de Honor con los luchadores favoritos de este comentarista, los mejores en mi personalísima opinión y en los últimos 40 años; circunstancia temporal ésta que limita y relativiza aún más lo que no es sino una mera opinión: tan válida y tan poco válida como cualquier otra. En cualquier caso tan sólo se trata de un juego puesto que las comparaciones, además de odiosas, atrevidas cuando se apura la osadía de pretender comparar épocas y estilos, «artistas y artesanos»; carismas y rechazos... en fin, juguemos... Así pues, y en base a las apuntadas razones generacionales, tan sólo me puedo mover de mediados de los años cincuenta a esta parte, e incluso con algún paréntesis de desconexión (intervalo 1966/1970 y 1973/1986). Quiere ello decir que este comentarista no vio luchar -no tuvo esa fortuna-, por ejemplo, al «Sastrín de Rucayo» y ni tan siquiera al muy posterior «Benitín de Las Salas», tan diminutos como al aparecer grandísimos luchadores. Quede constancia por tanto, y al margen de subjetivismos, de omisiones y ausencias -digamos- «de fuerza mayor». De los luchadores de mi época, de cuantos luchadores he conocido, éstos han sido para mí los 10 mejores: la clasificación de abajo a arriba de Mis Diez Mejores Luchadores. ... Y 10. Luis Álvarez (hermano del que ocupará -lo anticipamos- mi n.º 5, Elías, y el menor de la saga de «Los Molineros de Carbajosa»). Le perdía su inconstancia: una falta de continuidad derivada de una afición muy relativa y de su discriminante peso. Pero con sus escasos 60 kgs. hacía auténticas diabluras en todas las direcciones y que brillaban al máximo frente a gente que le sobrepasaba en 10 ó 15 kgs. y a quienes metía la cadera y/o el garavito tan vertiginosa como certeramente. Casi tan pícaro y «ratonero» como el mismísimo «Zazo de Barrio». Lástima de Semiligeros de aquella, y lástima de no haber practicado otras modalidades con pesos más próximos (enfrentamientos «a la Canaria», Grecorromana, Sambo...). Luchaba tanto con la cabeza como con las piernas y mira que con éstas hacía filigranas... La agilidad, la habilidad y la inteligencia luchística personificadas. Técnica pura. 9. Juan Hidalgo. Estilista de gran saque y elegancia. Con él la vistosidad estaba asegurada y solía derrocharla a raudales. Parece que el sino de Villarmún era destacar «por todo lo alto» (Timoteo, Heraclio, Gallego Coca, Bernardo..) mientras que su punto débil eran «los bajos». 8. Ernesto Díez. Sobriedad cuando se imponía lo sobrio y frescura y desparpajo cuando las circunstancias propiciaban el lucimiento. Calidad siempre. 7. Bernardo Álvarez. Completísimo y seguro, acaso el luchador que más se haya asimilado -salvando las naturales distancias- al «Gran Cayuso», empezando por la constitución física y el peso (al borde por arriba de Medios). Mejor por alto, «bajaba algo por bajo». Muy seguro, difícilmente tenía un día malo. Lucha de ataque y muy vistosa. 6.- Pepín de Celis. Lástima de su irregularidad -capaz de lo mejor y de lo peor-, pero sobre todo lástima de su prematura desaparición. En una tarde inspirada sus cruces en el aire hacían aterrizar a su rival de cabeza «en picao». Finura y estilo inigualables. Aprovechamos para matizar que estamos seleccionando y enjuiciando a los que más gustaban, al menos a mí; no a los que más veces ganaban ni a los que más podían, sino a los que mejor lucían o los que más deslumbraban: esos fueron para mí los mejores, los más deslumbrantes. 5.- Elías Álvarez. La elegancia y los adornos. Un verdadero espectáculo verle luchar. Lo hacía todo con elegante sencillez. Luchaba «divinamente», a mí me encantaba y eso que le conocí bastante veterano ya. Remataremos mañana este nuevo particular y personalísimo Cuadro de Honor de «Mis Diez Mejores Luchadores». Ya saben, en clave personalista y con nombres propios para no defraudar. Y recuerden también, más que juzgar... jugar.