Diario de León

OPINIÓN Miguel Pardeza

Gol en la tierra, mente en el cielo

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León

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Hay segundos de una intensidad sobrecogedora, que valdrían para explicar todo lo que fuimos, somos y seremos. Cualquiera ha conocido alguno de esos instantes en que se revelan verdades que crecieron ocultas tras un velo de normalidad y trasnochado costumbrismo. ¡Claro que el hombre es una pasión inútil! Pero es precisamente nuestra capacidad para apasionarnos inútilmente lo que nos dignifica frente a las bestias y los organismos inertes. Uno podría acordarse de aquel día en que conoció la muerte; y podría volver a sentir la convulsión de espanto y repudio ante un destino tan absurdo y natural. Pero había que seguir, porque la vida sólo cree en sí misma, y lo que un día estuvo con nosotros pasa sin más a un plano secundario, con una tragedia de hechos consumados que no admiten una nueva mirada de esperanza. Algo de esto debió de pensar Calleja, jugador del Villarreal, que, tras conseguir el gol ante el Barcelona, miró al cielo con los ojos encharcados en lágrimas viendo aún el rostro de su madre que hacía unas horas acababa de morir. No es que sea el acto de un valiente el querer jugar y estar con tus compañeros cuando aún tienes en la retina la cara alegre y relajada de quien te trajo al mundo; es el acto de un ser humano débil en su fortaleza mortal que comprende que nada puede pararse en el mundo de los hombres, porque de ocurrir ese colapso, todo el sueño de que estamos formados se vendría abajo como un templo sin columnas. De modo que Calleja fue en ese momento claro y triste el alma desgarrada de todos nosotros. Y no es necesario reflexionar mucho acerca del dolor que debió de teñir la lógica y colectiva exultación desatada por una victoria disuelta en el luto. Puede que haya segundos de una intensidad sobrecogedora; pero dudo que haya una eternidad razonable que baste para explicar la pérdida del alguien a quien amamos.

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