El dopaje pone en tela de juicio el prestigio del atletismo americano
La aparición del THG abre el debate en torno a la legalidad de las grandes marcas mundiales
Kelli White, Kevin Toth, Regina Jacobs, Joh McEwen, Calvin Harrison, Jerome Young, C.J. Hunter, Marion Jones, Charlie Francis... el goteo incesante de positivos, sospechas, denuncias anónimas y escándalos pasados, latentes y futuros han socavado el prestigio de la primera potencia mundial del atletismo. Estados Unidos, que a lo largo de la historia olímpica ha conquistado 2.089 medallas, entre ellas 320 de oro, y en Mundiales lleva 131 metales (64 de oro), se ha situado en el centro de una controversia que no respeta ya ni a las «vacas sagradas» del estadio, como Carl Lewis. El cuatrocentista Calvin Harrison es el último nombre incorporado a la lista de atletas relacionados de alguna forma con prácticas de dopaje, aun cuando en su caso haya sido víctima indirecta de la campaña desatada para detectar consumidores de tetrahidrogestrinona (THG), el esteroide de moda. A raíz de la denuncia anónima de un entrenador, las muestras de orina tomadas en junio durante los campeonatos de Estados Unidos en Stanford fueron conservadas por recomendación de la Agencia Estadounidense Antidopaje (USADA), en lugar de ser destruidas un mes después de ser analizadas, a fin de buscar en ellas THG. La orina de Harrison, campeón olímpico y mundial de relevos 4x400, no contenía THG pero sí modafinil, el estimulante que le costó a Kelli White las medallas de oro -y los 120.000 dólares consiguientes- que había ganado en los Mundiales de París como campeona de 100 y 200 metros. Sospechas y acusaciones Los casos convictos de dopaje se engarzan, en confusa mezcolanza, con sospechas y extrañas conexiones que apuntan, inexorablemente, a prácticas encaminadas a mejorar el rendimiento deportivo por métodos artificiales y prohibidos. Harrison ha trabajado, igual que Kelli White, con el entrenador Remi Korchemny. Marion Jones y Tim Montgomery, dos de los llamados a declarar en la investigación abierta en Estados Unidos sobre el consumo de THG, se encomendaron a Charlie Francis, ex entrenador de Ben Johnson, antes de que un clamor universal les obligara a dar marcha atrás en su propósito. Calvin Harrison corrió la primera posta en la final del relevo 4x400 de los Mundiales de París, y la última estuvo a cargo de Jerome Young, que también se vio envuelto en una controversia al conocerse que en 1999 había dado positivo, aunque su caso se mantuvo en secreto, lo que le permitió participar (y ganar el oro con el relevo) en los Juegos de Sydney. Un entrenador californiano, cuyo nombre no reveló, proporcionó a Calvin Harrison ciertas píldoras con la advertencia de que no eran esteroides pero que -garantizaba el técnico- permitirían al cuatrocentista, de modo casi milagroso, reducir la fatiga. Tal fue la confesión del atleta. Regina Jacobs, que el año pasado, con 40 años, sorprendió al mundo al conquistar el título mundial de 1.500 en pista cubierta y convertirse en la primera mujer que bajaba de 4 minutos bajo techo en esta misma distancia (3:59.98), fue señalada por el diario Washington Post como uno de los consumidores de THG. El escándalo de la nueva droga, hasta ahora indetectable, saltó al otro lado del Atlántico cuando se supo que el británico Dwain Chambers, campeón de Europa de 100 metros, era uno de los beneficiarios de los sospechosos «complejos nutricionales» preparados en los laboratorios Balco. Chambers utilizó un abogado para anunciar que jamás tuvo conocimiento de que el complejo vitamínico suministrado por el laboratorio estadounidense contenía anabolizantes..