La presión maniata al Deportivo y lleva al Oporto a Gelsenkirchen (0-1)
Un penalty pone color blanquiazul pero con acento portugués al primer invitado a la final. «Nos han dado un repaso gordo en actitud y le echaron más huevos»

El Deportivo no soportó la presión, fue una caricatura en todas sus líneas, acusó sobremanera las bajas de Mauro Silva y Andrade y dejó escapar una inmejorable y quizá única ocasión de acceder a la final de la Liga de Campeones. El Oporto, tácticamente impecable, supo dominar el partido en todo momento ante un Deportivo nervioso y acomplejado. La final de Gelsenkirchen se quedó en un cercano, pero incumplido sueño. El Oporto comenzó imponiendo su ritmo en el partido, a base de tocar el balón con toda tranquilidad, sobre todo porque la presión local comenzaba muy atrás. Con este panorama, los lusos cumplían su objetivo evitar la acometida inicial de los locales y al mismo tiempo mostraban sus credenciales de equipo incómodo y sólido. Al Deportivo no le duraba nada el balón. Valerón apenas entraba el juego y los ataques blanquiazules culminaban casi siempre en balones largos sin sentido que facilitaban la tarea de la bien colocada zaga portuguesa. Los de Irureta preferían alejar el balón de su área antes que perderlo en zonas complicadas y, a partir de estos despejes, el Oporto construía con cierta facilidad. Tarjeta letal La primera mala noticia para los herculinos llegó en forma de tarjeta a Naybet, por culpa de una dura entrada a Derlei. El marroquí se quedaba sin la hipotética final en una acción impropia de su experiencia y reveladora de cierto nerviosismo que afectaba a todo el equipo. El Deportivo debía confiar su suerte a la habitual efectividad a la hora de aprovechar las ocasiones, porque por juego el partido era del conjunto de Mourinho. Y eso que los lusos tampoco tomaban demasiados riesgos a la espera de algún pase inspirado de Deco que pudiera aprovechar Derlei o Carlos Alberto. Pero mientras la oportunidad llegaba, les bastaba con mantener a los locales lejos de su área y con tocar en posiciones más o menos intrascendentes. El orden táctico portugués y la escasa productividad ofensiva de los coruñeses llevaron al partido a compases de aburrimiento, con escaso margen para las ocasiones de gol. En todo caso, y más por insistencia que por calidad, las únicas oportunidades eran del Oporto, en alguna acción individual. En el capítulo de asumir responsabilidades, Deco tomaba siempre la iniciativa, algo que no sucedía del otro lado con Valerón. Aun así, el canario tuvo el 1-0 en su pierna derecha gracias a un disparo en inmejorable posición tras una mala lectura lusa del fuera de juego. La acción supuso un pequeño punto de inflexión y por unos minutos el Deportivo pareció encontrar el camino de la meta rival. Pero fue sólo un espejismo, porque la primera mitad terminó con el mismo ritmo cansino impuesto por los visitantes. El Oporto pudo empezar la segunda parte con ventaja en el marcador, pero Derlei envió el balón al palo, en el aviso más serio recibido por Molina hasta el momento. La suerte sonrió a los locales, pero la jugada sembró todavía más inquietud en una grada en evidente tensión y en un equipo con dudas. Ésta y otra acción del propio delantero brasileño terminaron por animar a los portugueses, que se lanzaron con mayor decisión al ataque, aún a riesgo de dejar más espacios a los contados contraataques blanquiazules. La apuesta lusa tuvo su premio en un penalti cometido por César sobre Deco y que Collina no dudó en señalar. La pena máxima fue transformada por Derlei y el Oporto tenía ya el partido donde quería antes del comienzo. Con el tanto en contra, el Deportivo debía recurrir una vez más a la gesta. Asustado durante todo el encuentro, a los españoles no les quedaba más remedio que buscar la portería rival y poner sobre el campo unos recursos ofensivos que a priori se le suponían. Los riesgos eran evidentes, aunque los coruñeses aceptaron el desafío. El mensaje más claro en este sentido lo envió Irureta, que retiró a Sergio del campo para meter a Diego Tristán. Remate final Pero cuando los blanquiazules empezaban a probar seriamente a Vitor Baía y a creer en la remontada, llegó la expulsión por doble amarilla de Naybet, esta vez por una entrada a Deco. Los de Irureta se obligaban ahora a una gesta todavía mayor, en inferioridad y ante un equipo rival con sobrado oficio. El Deportivo lo intentó, aunque ya quedaba muy poco tiempo y el Oporto no perdía el orden en ningún momento. A base de acciones individuales y centros escasamente precisos, los de Irureta llegaban al área de Baía. Una vez allí, las luces se apagaban ante la poblada defensa lusa, casi al mismo tiempo que decaía el ánimo de una decepcionada afición. En Gelsenkirchen estarán los colores blanquiazules, pero serán los de los jugadores y seguidores del Oporto.