Diario de León
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MARTÍN
León

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ALERTADO estaba. Mucho en juego, había mucho en juego en el partido Cultural-Lérida, tanto como posiblemente el ser o no ser culturalista en su escalada fatigosa a la cumbre de la montaña de la Segunda A. En juego el quedar en situación privilegiada, a quedar en precario. De depender exclusivamente de uno propio, a pasar a depender de lo que el contrario haga o deje de hacer. Y ello, también con el hacer o deshacer en el lance de dos invitados de ocasión, el Celta B y el Pájara Playas. Factores endógenos y factores exógenos. Una singular dependencia de la que la Cultural parte con notable desventaja. Había que ganar al Lérida por más de un gol de ventaja, para afrontar las dos últimas jornadas con el ascenso talmente en las manos. Había que perderlo entonces en lugar de ganarlo en Lérida. Ahora tiene que perderlo el Lérida para poder ganarlo la Cultural. Tendría que perder el Lérida, al menos, un partido y empatar otro, ganando la Cultural los dos que restan por jugar frente al Pájara. El pleno de victorias culturalista quedaría disuelto en la nada, como agua en azucarillo, con el triunfo leridano en uno de los dos partidos frente al Celta B. Claro que por aquello de, «quien no se consuela es porque no quiere», la cosa pudo aún haber sido peor. Es más, parecía estar ya decidido el lance a escasos minutos del final del partido; cuando el Lérida ganaba por uno a cero, estaba virtualmente ya en Segunda A, y llegó el gol del empate. Un gol que sirvió para dar «vidilla» a los más optimistas, incluso me permito decir a los optimistas más recalcitrantes. La presencia de aficionados en el Amilivia era una apuesta por la fiabilidad de un proyecto que se ha quedado virtualmente al borde del abismo. En tanto algunos se agarraban a la aritmética -sumando a favor y restando en contra- para no irse una temporada más al fondo negro de la Segunda B, los más musitaban resignadamente, la temporada próxima se obrará el milagro; porque ha pasado a la categoría de taumatúrgica la vuelta, perseguida durante seis lustros, a la Segunda A. Empate amargo. La esperanza diluye su verde color en un mustio gris con ribetes negros. Vuelta al invierno cuando climatológicamente la primavera estalla. A uno le da la sensación de aquel al que le quitaron la escalera y se ha quedado agarrado a la brocha, con la negrura del pozo a los pies. Quiero alistarme en las filas de los escasos optimistas, pero interiormente me rearmo para un año más -y el peso es ya excesivo- seguir caminando por el desierto...

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