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MIGUEL PARDEZA
León

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POR LO QUE leo y oigo, se diría que España tiene un problema de exceso, una inflación tortuosa que amenaza con convertir el juicio del seleccionador en un trasunto de esos debates teológicos en los que se trataba de dilucidar si Jesucristo fue o no pobre. Uno mira la lista de los seleccionados y, efectivamente, por ahí pululan jugadores para toda suerte de paladares, cuyas diferencias objetivas son mínimas, enraizadas en la preferencia o la manía personal. Hacía tiempo que nuestra selección no contaba con un elenco de profesionales capaces de levantar tantas dudas -dudas sanas se entiende- entre aficionados y periodistas. Pero esto, que debería considerarse una bendición generacional, parece haberse convertido en un parlamento de discordias, cuando no de enfrentamientos medio tribales. Uno tenía entendido que disponer de dos jugadores por puesto constituía el grado sumo de una planificación bien pensada y mejor hecha. Y sé lo que afirmo por experiencia. Ahora bien, por otro lado, la inocente pregunta resulta inevitable: esa igualdad ¿asegura o no la estabilidad del equipo nacional? Lo digo sobre todo en consideración de aquellos que piensan que el estado idóneo y más operativo para todo entrenador es aquel que parte de un equipo titular indiscutible, que de sufrir variaciones lo hiciera sólo por imponderables y causas mayores. En contra de este dictamen, los valores camaleónicos del grupo de Sáez son tales que ya éste se ha encargado de adelantar la más que factible posibilidad de introducir cambios frente a Grecia. ¡Y en un equipo que sumó los tres puntos en el partido de su debú! Por terciar en el asunto, uno abogaría por no enrocarse en ortodoxias sean del signo que sean. A España le ha tocado perder de todas las maneras posibles. Esa es la simple y triste realidad. De forma que los múltiples registros y combinaciones que ofrece la selección actual no deberían calentarnos la cabeza, sino más bien lo contrario: ayudarnos a renovar el voto de confianza hacia un grupo dotado de talento y singularidad, aunque el seleccionador pierda el sueño ante la pizarra y nosotros no acertemos ni por asomo con las alineaciones.

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