Raúl ya ni siquiera tira del carro

El capitán dio el gol, pero fue de menos a más y exhibió su juego fallón de esta campaña

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José Carlos Carabias - madrid
León

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Tres imágenes ilustran el momento profesional de Raúl, desgranadas en una cadena que acabó con su sustitución. El taconazo en el gol de Morientes que anunciaba una tarde redentora para el capitán de la selección, el clamoroso fallo de cabeza solo ante el portero y finalmente su cambio, decretado por Iñaki Sáez en el minuto 79. Raúl no desmereció ahí en su condición de líder. Se despojó del brazalete en menos de un microsegundo, anudó la tela en un santiamén en el bíceps izquierdo de Valerón y desapareció en el banquillo. Sin ánimo de incordiar, empujando el minutero a favor del equipo. Fue una contribución, sin embargo, escasa para el pedigrí de Raúl, que no es el de siempre y al que le cuesta tirar del carro. La imprecación al cielo que acabará un día en esguince cervical y la piña brazos al hombro de todos sus compañeros con el himno al fondo definen el compromiso de Raúl con la selección. Suya fue la ocurrencia, secundada por los pesos pesados al grito de «equipo y limón». Con sus botas plateadas y ese corte de pelo que condena al flequillo hacia adelante, Raúl buscó su absolución en ese tramo donde las críticas arrecian. Enseñó un repertorio potable en la primera parte, muy metido en el partido. Empezó bien. Provocó la tarjeta de Katsouranis apenas había arrancado el encuentro y dejó un par de pases inteligentes con cierto vuelo de gol en las botas de Morientes y Raúl Bravo, que ambos convirtieron en una calamidad. Por encima de todo, Raúl contagió su espíritu combativo con eso que llaman trabajo sucio, pegarse a los defensas, taponar la salida del balón, arrastrar rivales hacia los laterales. Mientras se ganaba así el jornal, lució su destreza con el taconazo que limpió de enemigos el tiro de Morientes. Gran pase, mejor resolución de su amigo. Se estaba cantando el advenimiento de Raúl, su gol puntual al rescate. Nada más comenzar la segunda mitad, remató de cabeza desde fuera del área con mucha intención porque el portero heleno estaba adelantando. Como si fuese un premonición envenenada, ahí empezó su declive en el partido. Entregó en malas condiciones un pase a Vicente cuando el contragolpe era pernicioso para los griegos. Pero, sobre todo, el gol que envió fuera de la provincia cuando Joaquín depositó en su cabeza un caramelo, suave, templado el centro. Raúl saltó como con dificultades, a pesar de que estaba solo y la echó muy alta. Su intervención en el partido entró en la barrera del cero, a pesar de que nunca desdeñó el entusiasmo competitivo. Atropelló en falta a Dellas, el zaguero del Roma que le sujetó en corto, porque de otra manera era imposible capturar la sandía que le regaló Raúl Bravo. No llegó a otro pase cálido de Joaquín, falto de arranque y empuje, y eligió mal un disparo a la media vuelta, condenado a percutir contra un defensa enemigo. De reojo miró la tablilla electrónica en el minuto 64. Esquivó el cambio (Valerón por Morientes), pero no un cuarto de hora después.

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