Diario de León

Almacenando cangrejos

¿Qué delito hemos cometido los pescadores de la provincia de León para que se nos prive de disfrutar de la pesca de la variedad señal, como en otras provincias de la comunidad? 1397124194

río Pisuerga

río Pisuerga

Publicado por
Ordoño Llamas Gil - león
León

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No hay nada tan decepcionante como la espera larga y continuada que se resuelve negativamente, sobre todo si crees que las normas que rigen una comunidad deberían aplicarse con un criterio equitativo, teniendo en cuenta que las circunstancias relativas al éxito de las repoblaciones puntuales sean similares en todas las provincias de la comunidad, con las diferencias resultantes de la calidad de las aguas y de sus fechas de repoblación. Hagamos historia recordando el crimen de esa naturaleza que se cometió con la introducción en nuestras cuencas fluviales del cangrejo rojo americano, portador de la afanomicosis, que contagió a toda la población de cangrejo autóctono, produciendo su exterminación. Fue de tal virulencia que sembró de millones de cadáveres los lechos de nuestros ríos y arroyos en un tiempo récord, muchos años antes de que pudieran repoblarse algunas zonas con el propio cangrejo rojo que, desde entonces, empezó a ser maldecido y denostado por los pescadores, y por todos cuantos tomaron conciencia del inmenso desastre, ya fueran biólogos, ictiólogos, ecologistas o simples ciudadanos o aldeanos conscientes del trato conservador que debemos a todos los seres vivos, y de modo especial a los que nos sirven o mantienen. Mientras tanto, los culpables de esta masacre escondieron la cabeza debajo del ala procurando pasar desapercibidos ante la opinión pública, que nunca pudo exigir responsabilidades a quienes se escondían entre el maremagnun burocrático del momento. Comenzó entonces una larga espera, durante la cual los reteles fueron regalados o arrinconados, quedando olvidados a la espera de mejores tiempos en que nuestro cangrejo pudiera recuperarse y volver a habitar las aguas de la provincia. Como quiera que esto no fue posible y que el cangrejo rojo empezó su colonización por las zonas bajas, muchos pescadores los desempolvaron y dedicaron a pescar a estos últimos, a pesar de su mala fama en todos los aspectos y que luego se demostró que no era tan real. Por ejemplo, se hizo circular el bulo de que se comían las cosechas aledañas a los cursos de agua y que su calidad gastronómica era detestable, cuestiones que no eran del todo ciertas, pues no arruinaron ninguna cosecha y se han consumido casi con la misma fruición que se había hecho con sus antecesores. Esto, unido a ser portadores del virus maligno y puede que de algún otro defecto, además de ser muy prolíficos, produjo una reacción adversa contra ellos desde las altas jerarquías del ambiente, y comenzó la retahila de normas rectificadoras de su pesca. Primero se anuló la talla mínima; después se eliminó el cupo, por lo que podían pescarse cuantos quisieras, lo que dio como resultado un desfile de sacos de cangrejos durante los primeros días, cangrejos que muchas veces terminaban pudriéndose y en la basura; luego se prohibió terminantemente devolverlos al río una vez extraídos; también se comentó que se dictaría una norma por la que habrían de ser sacrificados en la misma orilla del río, en evitación de transportes y repoblaciones fraudulentas, norma que no se dictó, pues hubiera llenado las orillas de cabezas de cangrejos podridos, y las colas, después de una jornada de pesca y el consabido viaje, habrían llegado también medio putrefactas. Mientras tanto este cangrejo fue colonizando zonas más altas, incluídos muchos lugares dentro de las zonas trucheras, lugares que nunca se han podido pescar, a pesar de todas las normas exterminadoras ya dictadas, lo que resulta una incongruencia. Este cangrejo rojo tiene también, dentro de su triste singladura, un misterio que nadie ha sabido (o querido) desvelar, que es el siguiente: aproximadamente entre las temporadas de 1999-2000, se pasó de extraer sacos o cestas repletas de estos crustáceos a no conseguir ningún ejemplar en la temporada siguiente. Sucedió en muchos lugares de la provincia de Zamora colindante con León, y en el mismo río Cea en su zona baja. Aparentemente murieron por algún sistema de envenenamiento fulminante durante la veda, pero nada se supo al respecto. Otra incongruencia: ¿por qué se veda lo que se quiere exterminar? En el interín, mientras estas calamidades y reacciones sucedían, se han venido repoblando con otro cangrejo, el señal, bastantes tramos de ríos, presas o pantanos, donde parecen haberse desarrollado con normalidad, como ha ocurrido en muchas provincias de nuestra comunidad. Esto, como su nombre indica, es buena señal, pues nos hace concebir esperanzas en cuanto a disponer de una especie no dañina que pueda repoblar todos nuestros cauces sustituyendo a nuestro ya difunto, incluso con ventajas. De ser así, chapó, pero... ¿qué delito hemos cometido los pescadores de la provincia de León para que se nos prive de disfrutar de la pesca de este crustáceo? ¿Hay alguna diferencia en cuanto a fueros o privilegios que determine que los burgaleses, sorianos, palentinos, zamoranos y segovianos, habitantes de la misma comunidad, puedan ejercer en sus provincias lo que se nos niega en la nuestra? Ya sé que yo puedo solicitar permisos en cualquiera de esas provincias y desplazarme hasta allí para pescarlos, pero ¿por qué he de consumir decenas de litros de combustible, exponiéndome al peligro de muchos kilómetros de recorrido, cuando podría hacerlo en desplazamientos cortos si los dirigentes provinciales (¿o provincianos?) o comunitarios dispusieran la apertura de tramos ya consolidados en León?. Porque supongo que no será más equitativo y rentable que los lugares que casi todos conocemos, algunos muy cercanos a la capital, donde se nota la abundancia de estos crustáceos viéndolos pulular descaradamente delante de nuestras narices, sean explotados sin misericordia por todos los furtivos oficiales y por algunos aficionados a los pequeños riesgos, mientras los pescadores con licencia duermen el sueño de los justos esperando (siempre esperando) que los cortesanos de la pesca se dignen actuar caritativamente y nos concedan algún permiso cangrejil, ¡por una vez y sin que sirva de precedente!. Este sistema de conservación por medio del almacenamiento continuado no suele ser el más adecuado, pues siempre habrá fugas o accidentes incontrolados que puedan dar al traste con seres perecederos, envenenando las aguas o sencillamente furtiveando. Y nos podría ocurrir lo que al perro del hortelano, que no lo come él...

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