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José María Rubio - madrid
León

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Esta trágica edición del Dakar quedará marcada por la desaparición de los dos motociclistas que fallecieron después de la jornada de descanso. El lunes el español Pérez, que disputaba su quinto Dakar, es decir que no era un debutante, y el martes el italiano Meoni, uno de los iconos de la prueba africana con catorce participaciones a sus espaldas y un gran conocimiento de África. El miércoles dos turistas belgas, seguidores, que no asistencia, de un compatriota, fallecieron en un accidente de carretera en Mboro. El viernes, se dejó la vida una niña que había sido golpeada días antes por un camión de apoyo que ya no estaba en carrera. Este tipo de accidentes de carretera son cotidianos en África y suceden todos los días. En pasadas ediciones del Dakar incluso hubo siniestros provocados por padres desaprensivos que deseaban atropellar a un niño minusválido para cobrar la indemnización del seguro que permitía vivir varios años a la familia. Los muertos que este año se ha cobrado el Dakar oficialmente para sus estadísticas han sido los dos motociclistas muertos en carrera, Pérez y Meoni. El resto son accidentes de ninguna manera imputables al Dakar en sí. Es como si en el GP de motos de Jerez se contabilizaran como fallecidos en la competición a los aficionados que desgraciadamente pierden la vida en accidentes de carretera, o en exhibiciones. El Dakar es una prueba peligrosa, muy peligrosa, y no hay más desgracias por pura casualidad, pero todos los que van deben saber donde se meten, sobre todo los pilotos de motos. El desierto llama y el que no llega a Dakar está el primero en las inscripciones del año siguiente para lograr su objetivo. Siempre será una prueba que tendrá el luto en su cartel, pero tampoco hay que atribuirle víctimas que no son propias de la carrera en sí.

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