Diario de León

Duero impoluto y transparente

Los únicos seres que estarán encantados de encontrar un río limpio y transparente en su vida son aquellos que siempre los han habitado sin llegar nunca a contaminarlos 1397124194

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Ordoño Llamas Gil - león
León

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De repente, entre el adormecimiento que me produce el tráfago de anuncios al que me veo sometido entre los programas televisivos se destaca ante mis ojos algo tan sorprendente como inusual que me hace desperezarme y observar con detenimiento placentero. Se trata de un anuncio donde el agua que se observa en diferentes tramos de río destaca tan sumamente pura y transparente, y los lechos por donde discurre aparecen tan limpiamente naturales, que dan la sensación de ser una obra de purificación milagrosa, o perteneciente a tiempos en que las riberas de algunos de estos ríos aún no habían sido holladas, y sólo los animales salvajes la utilizaban para satisfacer su sed y los peces también para «beber en el río», como describe cándidamente un conocido villancico navideño. Y el extraño anuncio pregunta ingenuamente: ¿Qué es lo que harías si se cruzase un río en tu camino? El citado anuncio está claro que se refiere al río Duero, pues también se incluyen en el reportaje algunas tomas de la zona de los Arribes, colindante con Portugal, pero no explicita que los reportajes expuestos sean del mismo y la pregunta se hace sobre un río indeterminado. No me cabe ninguna duda de que esas escenas han sido escogidas con lupa en unos tramos de río verdaderamente ejemplares, y que estos tramos existen en recónditos lugares, quizá hasta en el mismo río Duero dentro de sus primeros kilómetros de recorrido. Hasta aquí, la satisfacción que me produce es enorme y no puedo sustraerme a tanta belleza, que se remata con la zambullida de dos niños que saltan desde una roca para disfrutar de un placer limpio en un lugar único. Sobre su sustrato intencional no diría tanto. Pero... claro, ¿es este lugar idílico representativo de todos los ríos con los que puedas cruzarte en el transcurso de tu existencia? Rotundamente ¡no! Sería deseable que así fuera, pero para conseguirlo sería necesario que la humanidad volviera a nacer y para eso tendría que ocurrir un cataclismo como el que extinguió a los dinosaurios, y esperar luego algunos miles de años hasta que la regeneración de todos los acuiferos fuera completa. Por el momento habremos de conformarnos con seguir el curso de las contaminaciones de todos los tipos imaginables, con el deterioro que supone para la tierra y el aire, pero muy especial e intensa para todos los cursos de agua del planeta. Dentro de estos últimos son precisamente los ríos los receptores de toda clase de detritus orgánicos, químicos y radiactivos, y cuya observación detenida nos llevaría al convencimiento de que gradualmente durante su recorrido se van transformando en turbios, cubriéndose sus lechos de limo o lodo y terminando muchos de ellos en verdaderas cloacas de líquido que fermenta y produce espumarajos amarillentos en todos sus remolinos y recodos. Aguas muertas por abuso Las zonas industriales conocen bien estos cursos de aguas muertas por un abuso desmedido de su servicio, sin preocupación por devolverlas al ambiente natural lo suficientemente depuradas después de su utilización, lo mismo que los pueblos que se hallan por debajo de las ciudades saben del hediondo perfume que estas aguas impregnan en todo el ambiente. Más grave o trágico, según se mire, es el efecto que las aguas empleadas en centrales nucleares transporten un índice de radioactividad excesivo, causante de la mortandad de aves, deformaciones en los peces, y de la contracción de cánceres y malformaciones de todo tipo entre los habitantes de la zona en un radio de varios kilómetros. Si nos ceñimos a contestar a una pregunta tan insinuante, habremos de reconocer que nuestra experiencia no resulta muy edificante respecto a los ríos, pues siempre nos hemos aprovechado de todas las aguas limpias para contaminarlas en mayor o menor grado, removiéndolas, dirigiéndolas, pisándolas, usándolas y extrayendo de su interior ingentes cantidades de seres vivos para nuestro entretenimiento o consumo, vertiéndolas llenas de ponzoña, suciedad, estiercol y venenos, sin preocuparnos demasiado de su destino posterior. Preconizamos que los valores de saneamiento y limpieza son los que nos hacen mas civilizados, demostrando nuestra egoísta subjetividad cuando presumimos de usar intensivamente nuestros baños y duchas, lavadoras, inodoros, etcétera, utilizando productos cada vez más abrasivos y en mayores cantidades de múltiples marcas, dando como resultado unos hogares relucientes, pero unos vertidos infinitamente más desastrosos. Esto es lo que todos hacemos cuando un río se cruza en nuestro camino: explotarlo exhaustivamente, llegando en muchos casos a consumir por completo su agua corriente, dejando sus cauces secos. Nuestras ansias y necesidades de aguas limpias han ido convirtiendo los cauces de los ríos más importantes en una sucesión de presas que embalsan durante las crecidas primaverales ingentes cantidades de metros cúbicos que serán utilizados durante los estíos para todos los fines necesarios, consiguiendo que estos ríos no se agosten, pero estas aguas también serán utilizadas y contaminadas, vertiéndose muchas sin depurar de nuevo a los ríos. Sólamente los ayuntamientos e industrias que han optado por tratar y depurar las aguas, que todos extraen de los ríos, cumplen con unos cánones de equilibrio ecológico honrados, procurando devolver a los mismos un líquido que aparenta estar casi limpio, pero que en ningún caso puede servir para reutilizar, como no sea en labores agrícolas no muy exigentes o en algunos refrigeradores de industrias o térmicas, pero nunca para el consumo. Los únicos seres que siempre estarán encantados de encontrar un río limpio y transparente en su vida son quienes siempre los han habitado sin contaminarlos, que han ido cediendo muchos espacios pagando con su vida un tributo al que no estaban obligados, y que superviven como pueden entre aguas turbias y emponzoñadas. Nadie como nuestras truchas fario, nuestros ciprínidos o lúcidos o pércidos, a quienes tanto decimos que amamos, sabe de estos sufrimientos y de la ansiedad de seguir subiendo, siempre subiendo, hasta encontrar algún riachuelo, reguero o fuente con el que poder encontrarse, para poder respirar un oxígeno que se les niega en otras zonas. Yo les recomendaría que no cejasen en su empeño de ascender todo el cauce del Duero, siempre subiendo, hasta alcanzar las estribaciones de la cordillera, donde podrán quizá encontrarse con algún río parecido al que se nos exhibe en el anuncio televisivo. Pero que estén convencidos de que nunca encontrarán a ningún hombre o entidad que se halle o cruce con un río limpio y haga algo por mejorar la calidad de sus aguas.

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