DESDE LA GRADA
Ni salvadores, ni mártires
SE ACABÓ. Ese donante de pelo, primo de Rompetechos y con nombre de tanguista acabao -Garlito Rosado- no puede seguir sirviendo ni un segundo más de chivo expiatorio para justificar la posición crítica de la Deportiva. En el fútbol hay que contar siempre con la aparición de un tipo de esa calaña, una almendra amarga para la que sólo cabe disponer de tiempo para hallar otra dulce que te devuelva el buen sabor de boca. Ahora sólo hay que pensar en el Elche y en una victoria imprescindible. Aunque de lo contrario, la afición tampoco creo que vaya a echarse encima -lo está demostrando- ni del equipo, ni del técnico ni de la dirección. Quien imaginó un instante que el tránsito por Segunda sería un camino de rosas, además del carné blanquiazul debería haber tramitado el de ingenuo sideral. Al Toralín hay que acudir con un espíritu algo «maso», conscientes de que sólo en el dolor encontraremos un placer mucho más sublime. A Garlito lo único que puede deseársele ya es que su progenie no herede ni su cristalino ni su jeta hormigonada. Pero su craso error no debe ser óbice para perder de vista otros fallos. La Deportiva jugó los peores treinta minutos que recuerdo en lo que va de temporada. Tal vez porque el Salamanca ha sido el mejor equipo de los que han pasado por Ponferrada. Acaso también porque Pichi, con su mejor voluntad, trató de sacar partido a la banda más débil de la Unión con el tándem Vega-Fran. Pero ninguno atinó ni lo más mínimo con los centros. ¿Tardó demasiado el entrenador en darse cuenta de que Fran necesita más pista, como en la segunda parte? Puede, pero es que ni Borreguero, ni Jhota dominaron el centro del campo. Aunque paradójicamente Borreguero acabó creciéndose en la adversidad -con diez-, y con la entrada de Robles contribuyó al conato de heroica blanquiazul. Raponi volvió a marcar un golazo. Tiene una pegada celestial. Pero hasta que no se demuestre lo contrario, él -y sus recortes casi siempre sobre sí mismo- es uno de los culpables de que la Deportiva juegue con una sola banda. La de Fran. Quién no quiera verlo es que necesita más dioptrías que Garlito o un héroe con que lamerse las heridas. Me gustó Pereira. Hasta el punto de que si el fútbol es un estado de ánimo y la grada del Toralín es una máquina de generar coraje, cabe preguntarse si Ramón no saltaría demasiado tarde al césped. Caben muchos más análisis, casi uno por socio. Pero en lo que no puede perderse un segundo más es en chivos expiatorios, ni en martirios, ni tampoco en salvadores.