DESDE LA GRADA
Esta afición se merece más equipo

LA DEPORTIVA sigue viva. Aunque las puertas del Toralín vomitasen un domingo más cientos de cadavéricos aficionados sonrientes, a prueba de infartos. El partido frente al Lorca deja muchísimas noticias malas. Pequeñas si se compara con la principal de las buenas. Los tres puntos permiten seguir albergando esperanzas a una hinchada que está por encima de este equipo decenas de años luz. Al menos del equipo que Pichi Lucas presentó el domingo sobre el césped del Toralín. Al entrenador le honra no haber inflado pecho en la rueda de prensa. Aunque ni siquiera habría tenido que sacar a relucir el asunto de la mala y la buena suerte. Sólo se acertó con los cambios a la desesperada, aunque el rumor de la grada pudiera hacer pensar lo contrario. Una grada que aguanta más que el santo Job, pero que empieza a buscar chivos expiatorios como Rubén Vega. El público -erróneamente a mi juicio- quiere que Rubén sea como Nacho, un Thor alocado con la melena al viento que destila un nivel de testosterona que en estos momentos críticos es lo único que sacia la desazón del Toralín con la desorientación de los blanquiazules. El «trivote», el «tripote» o como quiera que le digan los modernos resultó una sandez mayúscula. Básicamente porque hay jugadores que llevan ya unos cuantos partidos que no están a la altura técnica. Borreguero y Nacho son dos de ellos. Sólo Jhota mantiene el tipo, pero su buen hacer se diluye en los desaciertos continuos de sus contertulios de medular. Aunque si el desastre que fue el domingo la Ponferradina puede personalizarse en algún jugador, la referencia es la de Fuentes. Un tipo extremadamente regular, que cuajó uno de los peores encuentros que se le recuerda a lo largo de su fructífera estancia en Ponferrada. Fuimos un desastre, sí. Una birria. Pero son impresiones que deben realizarse dentro del ejercicio de autocrítica que cabe al cuerpo técnico, tal vez a la directiva y también a la prensa. La afición, esa masa entusiasta y fiel que acude cada domingo al Toralín y que es capaz de que sus himnos de gloria se escuchen a un kilómetro del estadio, no se merece nada más que poder disfrutar de otra semana de ese ya común plancentero alivio hipertenso a la espera de un Salamanca ante el que el equipo debe devolverle su gratitud con algo que no sea la derrota. No valen más excusas. Sólo los goles son razones. Aunque lleguen en el 92, y haya quien piense que como esto siga así hasta el final -ojalá- lo mejor será ir poniéndose ya en manos de algún pariente del doctor House.