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León

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Con sólo 32 años, en franco declive desde que hace tres temporadas salió del Real Madrid y sin equipo importante que le quisiera, el centrocampista danés Thomas Gravesen ha decidido colgar las botas. «He pasado 12 fantásticos años en el extranjero, he jugado en cuatro países distintos y he disfrutado de experiencias increíbles por las que estoy muy agradecido. Si pudiera repetiría todo de nuevo, pero cumplo 33 años en marzo y lo correcto es parar antes de que la edad y la salud me obliguen», explicó el Ogro en un escueto comunicado.

Con su adiós, lamentado sin más comentarios por su agente y compatriota, el ex internacional John Sivebaek, se despide uno de los mejores jugadores daneses de la última década. Un profesional peculiar, contrario a la medicina tradicional, que gozó de una brillante carrera y sufrió un final oscuro.

Tras emigrar al Hamburgo, Gravesen dio el salto a Inglaterra en el 2000 y en el Everton creció hasta convertirse en uno de los mejores centrocampistas de la Premier League y en el conductor de la selección danesa. El Madrid galáctico de Florentino Pérez se fijó en él. Lo contrató en enero de 2005 pero cometió un error. Buscaba un nuevo Makelele y en realidad contrataba a un medio más bien ofensivo, acostumbrado a las idas y venidas del juego británico.

No brilló de blanco, alcanzó fama de hombre excesivamente agresivo sobre el campo y se las tuvo tiesas con los doctores. Un esguince de tobillo le tenía de baja más tiempo de lo normal porque se negaba por principio a consumir medicamentos. Ni antiinflamatorios y ni siquiera un simple paracetamol. Sólo reposo, masaje y algún producto natural, como el alemán Bernd Schuster.

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