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León

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No faltan quienes consideran que muchos parados son personas afortunadas, que viven mejor que nadie, sin dar golpe y disfrutando de unas cuantiosas ayudas públicas. Además, hay quienes piensan que entre los desempleados hay muchos sinvergüenzas que se dedican a las chapuzas y rechazan sistemáticamente cualquier oferta de empleo. Sin negar la existencia de fraude, previsiblemente similar al de otros ámbitos y menos gravoso, la apreciación simplista del parado como un parásito dista mucho de la realidad y, por ello, no es fácil prever un fracaso de la huelga general del 20 de junio basado en que el Gobierno haya logrado convencer a todos sobre la necesidad y la urgencia de terminar, de una vez por todas, con la picaresca en el cobro de las prestaciones por desempleo. Del relativo fracaso de las últimas convocatorias en los tiempos de gobierno del PSOE también podría inferirse un nuevo revés para los sindicatos en este último llamamiento, pero parece claro que no es lo mismo una huelga en tiempos de gobierno de la izquierda que en un período de gobierno de la derecha, que suele ser considerada como más afín a los empresarios que a los trabajadores. En este asunto, sin embargo, hay opiniones para todos los gustos: no falta incluso quien piensa que un fracaso de la huelga no sería lo mejor para el Gobierno, ya que afectaría negativamente a José María Fidalgo, el secretario general de CC.OO., en quien pareció encontrar un buen aliado para el mantenimiento del diálogo en el ámbito de las relaciones laborales y para la obtención de acuerdos que dejaban sola a la central sindical UGT de Cándido Méndez, cada vez más alejada de las tesis del Gobierno, como se puso de manifiesto en la negociación de la reforma de las pensiones.

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