Libia, una sociedad con muchas heridas que curar tras la guerra contra Gadafi

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Susana Samhan | bengasi
León

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Los seis meses de guerra civil en Libia no solo han causado muertos y destrucción, sino también profundas heridas psicológicas en civiles y combatientes que han sido testigos de las atrocidades del conflicto.

El hospital psiquiátrico de Nafsiya está en un remanso de paz en las afueras de Bengasi, capital de la rebelión, colapsada a diario por los continuos atascos. La calma que reina en sus jardines exteriores contrasta con la actividad de su interior, donde las colas de pacientes son interminables para ser atendidos por un médico.

El director del hospital, el doctor Nayib al Said, un hombre afable y «veterano» del centro sanitario, explicó que la mayoría de los casos que llevan tratando desde el inicio de la revolución, en febrero, son de estrés postraumático. «Es gente que ha visto cosas horribles como familiares con brazos mutilados y muertos en la guerra, que desarrollan depresiones agudas o ataques de pánico, o las dos cosas a la vez», apuntó Al Said, en su sencillo despacho.

A su juicio, a los libios les gusta estar en la calle, «hay gente que pasa seis, siete, ocho horas en la plaza de los Juzgados o de la Liberación, es su manera de expresar sus sentimientos, allí insultan a Gadafi y a sus hijos para dar rienda a su frustración». Algunas veces reciben noticias como la anunciada ayer por el portavoz militar de los rebeldes, confirmando la muerte de Hamis, uno de los hijos del depuesto líder, en los combates en Tarhuna, a 90 kilómetros al suroeste de Trípoli. Pero lo que en realidad buscan es el contacto con aquellos que están en su misma situación.

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También está la religión, que, según Al Said, ofrece esperanza a los fieles, aunque en el caso de las mujeres sus creencias y la tradición les llevan a no hablar con los especialistas cuando han sufrido abusos sexuales. A pesar de estas dificultades, los libios, como sociedad, tienen un arma especial para prevenir los desórdenes psiquiátricos que les provoca la guerra. «Somos un pueblo hablador, hablamos mucho como mecanismo en las relaciones sociales y eso supone un alivio», señaló Al Said.