Lo que le hacía un ser especial
Aparte de su insistencia para que la «reconciliación» fuese la espina dorsal de una comisión de la verdad creada para curar las heridas de Sudáfrica después de décadas de odio racial. Aparte de su presencia en la final de la Copa del Mundo de rugby en 1995, con una camiseta de Springboks, en un valiente llamamiento al país para que respaldase a un equipo sudafricano compuesto sobre todo por blancos. Y aparte de haber dejado la presidencia sudafricana al final de su primer mandato, al contrario de lo que hacen tantos dirigentes del mundo, que una vez que prueban las mieles del poder, se aferran a él hasta que los destruye o hasta que destruyen a los países que gobiernan.
Estas son las cualidades más conocidas del héroe de la lucha contra el ‘apartheid’. Pero para los periodistas que tuvieron la suerte de seguir su increíble trayectoria, desde su salida de la cárcel en 1990, los años de transición hasta las primeras presidenciales multirraciales de 1994 y ese día de 1999 en el que dejó el poder, Mandela era mucho más que eso. Mucho más.
No era un político común. Cubrir el fenómeno Mandela es algo que a uno lo marcaba de por vida. Nos incitaba a todos a ser mejores personas o, para ser más exacto, a reconocer las virtudes de la reconciliación en una época en la que los sudafricanos, blancos o negros, seguían sufriendo los estigmas del ‘apartheid’.
Calmar a las masas
Asistí a un mitin en el gueto de Alexandra, en las afueras de Johanesburgo. La tensión era extrema. Mandela tomó la palabra ante una muchedumbre encolerizada tras una enésima matanza de negros atribuida a la «Tercera fuerza», grupos parapoliciales que alentaban enfrentamientos para torpedear el proceso de desmantelamiento del ‘apartheid’ De repente dejó de hablar. Señaló con el dedo a una mujer blanca que estaba de pie entre los participantes y dijo con una sonrisa: «Esa mujer que está allí me salvó la vida». La invitó a subir al escenario y la besó con cariño. Contó que en 1988, cuando estaba encarcelado en la prisión de Pollsmoor, cerca de Ciudad del Cabo, fue hospitalizado por una tuberculosis y esa mujer, que era enfermera, lo curó. Mandela conseguía cambiar el humor de las masas. Los gritos de venganza se extinguían en murmullos, sofocados por un clamor de aprobación.
Durante la campaña electoral, Mandela nunca se olvidaba de preguntarles a los periodistas si habían dormido bien y si habían desayunado. Conocía a muchos reporteros y fotógrafos por su nombre. Solía pararse a hablar con ellos. Uno de los momentos más emblemáticos en sus esfuerzos por reconciliar a los sudafricanos fue su visita a Betsie Verwoerd, la viuda del artífice del ‘apartheid’ Hendrik Verwoerd, el hombre que lo envió a la cárcel.