Diario de León

Bonsoir, tristesse

Peregrinaje melancólico por las heridas de la ciudad una semana después del caos.

Un pequeño altar con un cartel que dice «Me quedo en la terraza» en las calles de París.

Un pequeño altar con un cartel que dice «Me quedo en la terraza» en las calles de París.

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f. Iturribarría | París
León

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‘Bonsoir, tristesse’. Noche triste. Llueve. Lágrimas negras de banderas negras. Hace frío. Desapacible. Otoño escondido en los cuarteles de invierno. No como hace ocho días. Era veranillo de San Martín. Noche alegre. Temperatura agradable. Terrazas abarrotadas. Lluvia de plomo. Muerte, sangre, terror. Viernes 13. Maldita suerte. Trágico destino.

Son las nueve y veinte en la noche del alma. Un puñado de corazones encogidos late al unísono delante del Bataclan. Hace una semana en punto las copas tocaron a muerto. Un colectivo de artistas e intelectuales ha convocado a ocupar cafés, calles, plazas. «Hagamos oír esas músicas que ellos odian», escriben. «Hagamos ruido y luz para que comprendan que han perdido», firman entre otros Charles Aznavour, Gilles Kepel, Sylvie Testud y Smain. «Han querido apagar la vida de las terrazas, el arte de vivir el fin de semana en París», alertan un rosario de ciudadanos anónimos, ciudadanos libres.

Jack Lang es la única personalidad que ha acudido a la cita. Emérito ministro de Cultura. Inventor de la fiesta de la música, la noche en blanco, las jornadas del patrimonio. Ahora presidente del Instituto del Mundo Árabe, antídoto cultural al fanatismo islamista. Posa ante las cámaras cogido de la mano con jóvenes militantes de la vida en rosa. A la hora de la muerte se hace el silencio frente al Bataclan. Sala mártir de conciertos para todos los gustos y colores. Templo profanado de la fiebre gay del sábado noche. Una tímida ‘Marsellesa’ brota de las gargantas ahogadas por la emoción. Una cerrada ovación clausura el pobre homenaje, rico en sentimientos.

Alfombras de flores

A la misma hora cadenas humanas han rodeado los otros calvarios. Un vía crucis de altares civiles traza la ruta del dolor. Donde hace una semana había terrazas, ahora hay alfombras de flores lozanas, algunas ya mustias, otras marchitas. La lluvia ha desvaído las fotos de los mártires de la generación Bataclan. Ha corrido la tinta de los mensajes anónimos, la pintura de los dibujos infantiles. Las velas luchan contra el frío y la lluvia. París, ciudad de luces fatuas contra el oscurantismo. Minutos de silencio, Marsellesa y aplausos. Mismo ritual en cada memorial. En la plaza de la República se han animado a cantar y bailar. En los agujeros negros del ‘Paris, la nuit’ todavía no hay ganas. Está todo muy reciente. Hace falta tiempo.

El Carillon, el Petite Cambodge, la Bonne Bière, Casa Nostra, la Belle Equipe, el Comptoir Voltaire. Tumbas improbables de 40 muertos. Todos están cerrados. Eran la vida del barrio. Las luces de bohemia del París popular, multicultural y mestizo. «Los dos distritos atacados son

Un poco más arriba el bullicioso Belleville sigue fiel a su patrimonio genético. Lejos de los velatorios, los veladores están llenos. Suena la música y la juventud baila en el terruño de Edith Piaf. El himno a la alegría clausura el peregrinaje melancólico por la ciudad herida. Adiós, tristeza.

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