El «infierno» de Bruselas se prepara para lo impredecible

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León

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A. Lorente | Bruselas

Ni lo fue, ni lo es, ni lo será. El pasado, feliz, se llama Barack Obama. El presente, turbulento, Donald Trump. Europa tiene dos alternativas: o tirar de autoestima o seguir pataleando porque Estados Unidos ha quebrado la placentera rutina comunitaria. Obama se fue y con él uno de los grandes sostenes de una titubeante Unión Europea. «Sois uno de los logros más importantes de la historia de la humanidad», zanjó meses antes de su despedida. Ganó Trump y con él se hizo la oscuridad. No era para menos. ¿Qué esperar de alguien que definía Bruselas como «un infierno» apenas unos meses antes de ganar las elecciones.

En lo diplomático, han sido meses durísimos y de enorme tensión, pero la operación deshielo’entre ambos bloques ha comenzado a surtir poco a poco efecto. «Es indudable que el tono de Washington ha dado un giro considerable. Aún hay muchos dosieres abiertos y estamos a la espera de ver en qué quedan los temas, pero el tono se ha rebajado mucho», confiesan fuentes diplomáticas. Y es que el Trump candidato-tuitero nada tiene que ver con el Trump presidente-tuitero. Está dispuesto a visitar el mismísimo «infierno». Eso sí, a todo correr y con reuniones exprés. Lo hará esta semana, con una apretada agenda que se concentrará el jueves y que además de una visita a los reyes belgas, estará dominada por su participación en una cumbre bilateral con la cúpula de la Unión Europea, su comida con Macron y su reunión con la Otan.

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