«Todo eran críos llorando y corriendo por todas partes»
«Ha sido una carnicería, una absoluta carnicería», relata uno de los presentes en el concierto, plagado de niños y adolescentes.
Un agente de policía patrulla el centro de Manchester, en el Reino Unido. ANDY RAIN
Carlos benito | Madrid
El público del concierto de Ariana Grande, compuesto en su mayor parte de niños y adolescentes, todavía no había aterrizado cuando se produjo la explosión: la cantante acababa de retirarse del escenario con un alegre «bye bye Manchester» y sus seguidores emprendían el regreso gradual a la realidad, después de vivir la actuación con esa intensidad y esa entrega tan propias de los fans muy jóvenes. Los espectadores menos remolones —y los que eran arrastrados por padres previsores que querían ahorrarse el atasco en el parking— empezaban a salir al vestíbulo, donde había ya un buen número de adultos llegados de la calle, esperando a sus hijos para llevarlos a casa. Ese fue el momento elegido por el terrorista para hacer estallar su artefacto.
«Ha sonado una explosión enorme y he visto humo. Alguien ha gritado ‘¡una bomba!’ y entonces todo el mundo ha echado a correr. Ha sido una carnicería, una absoluta carnicería», resumía al Manchester Evening News un joven de 19 años, Ryan Morrison. La escena cotidiana del ‘hall’, con sus sonrisas y sus reencuentros, quedó transformada en un terrible panorama de cadáveres y heridos, mientras en el interior del Manchester Arena se desataba el pánico: jóvenes despavoridos saltaban las vallas para precipitarse hacia las salidas, sin saber muy bien dónde se encontraba el peligro, y muchos niños se extraviaban en mitad del caos y chillaban llamando a sus madres. Según algunos testigos, también algunos encargados de seguridad huían.
Estampida
«He sentido el ruido en el pecho. He mirado alrededor y he visto cómo todo el mundo echaba a correr escaleras abajo», explicaba a la CNN Andy James, que había llevado a su hermano pequeño como regalo por su décimo cumpleaños: era el primer concierto al que asistía el pequeño. Tuvo que sacarlo en brazos, «con el corazón latiéndole como si se le fuese a salir». En la estampida, muchos perdían zapatos, abrigos y teléfonos, pero seguían corriendo. A medida que alcanzaban la salida, se iban encontrando con una imagen que superaba sus peores miedos.
«Había cuerpos por todas partes, veinte o treinta personas en el suelo, y en algunos casos no quedaba ninguna duda de que estaban muertos», recordaba Kiera Dawber. El suelo estaba salpicado de tuercas y tornillos, metralla casera como la que penetró en los cuerpos de las víctimas. «Algunos eran niños, también personas discapacitadas», se horrorizaba Andy Holey, que estaba esperando a su mujer y a su hija y salió proyectado a diez metros de distancia por la explosión.
Los fans de Ariana Grande no regresaron a la realidad de siempre, que solo obliga a un leve reajuste tras las emociones desbordadas del concierto, sino a una de las peores realidades posibles.