Nueva República
La única duda que puede surgir tras los arrolladores resultados electorales a favor de la derecha francesa, es si su líder, Jacques Chirac, con todo el poder y enterrada la cohabitación, soportará la tentación de afrontar una profunda renovación que derive en una nueva ''República'' francesa. Nadie había acumulado tanto poder desde el general De Gaulle en los años sesenta y ningún gran dirigente político francés había pasado de estar con la amenaza constante del Palacio de Justicia a la relativa tranquilidad del Palacio del Elíseo durante, al menos, cinco años. Chirac es consciente de que, por el funcionamiento del sistema electoral, una parte considerable de los votos que le han permitido conseguir una mayoría aplastante con 399 diputados de los 577 que tiene la Asamblea Nacional, se los debe a Le Pen. Sus seguidores han votado en esta segunda vuelta por el mal menor y en una confrontación de dos candidatos han elegido el más próximo a sus tesis. Resultado: la ultraderecha se queda fuera del Parlamento pero sus votos influirán en materia de seguridad donde Chirac comprometió un gasto de 6.000 millones de euros. Sus promesas electorales en este campo y en la reforma de impuestos tienen que cuadrar con un gasto público controlado por Bruselas. Pero el desafío político radica en la reforma de la Justicia. No sólo porque los juzgados estén colapsados sino porque se atreva con la famosa amnistía que pretendería, en principio, una aplicación a pequeñas faltas, para extenderla después a otros delitos como la financiación de los partidos políticos con un gran beneficiado: el propio presidente de la República. Con todo el poder legislativo y ejecutivo en sus manos, Chirac ha dispuesto a un leal como fusible en el hotel Matignon en la persona del primer ministro, Jean-Pierre Raffarin, un incondicional que va a ocuparse del trabajo menos vistoso del poder. Enfrente no habrá una gran oposición política porque los socialistas, con sólo 140 escaños, tendrán que recorrer su propia travesía del desierto para recuperar la confianza de los ciudadanos, un programa diferenciado y un líder que no abandone el barco como hizo Lionel Jospin tras el primer gran fracaso electoral de las presidenciales. Para la izquierda es un alivio que el partido comunista se haya salvado del naufragio y haya conseguido grupo parlamentario con 21 diputados. A quien sí tendrá enfrente Chirac será a los ciudadanos que ya han dado un aviso. La abstención ha sido histórica por cansancio tras cuatro citas electorales en dos meses, o por desengaño idealista o, lo que puede ser más preocupante, por una desconfianza en los partidos tradicionales y sus trapicheos, porque no hay que olvidar que en Francia ha ganado un movimiento, con un líder Chirac, que todavía no es partido político.