Diario de León

OPINIÓN Manuel Portela

Relevo en los Estados Unidos

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De repente, en los EE. UU. han sido cesados el secretario del Tesoro, el principal asesor económico de Bush y el presidente del órgano de supervisión bursátil. Como si en España dimitieran a la vez Rato, Montoro y Blas Calzada. Tantas dimisiones juntas pueden interpretarse desde el peor punto de vista, como una muestra del fracaso de las medidas reactivadoras adoptadas hasta el presente. Y como un ejemplo de cómo las necesidades de la política se imponen sobre las de la economía. Al fin y al cabo, los nuevos cargos lo son porque se han atrevido a garantizar la recuperación de la economía para conseguir una victoria en las elecciones presidenciales de 2004. Hasta ahora, todo el mundo decía que no había alternativa a la política económica de los cesados y que, además, estaba dando resultados. Así que lo importante es saber qué cosas distintas pueden hacer ahora los recién nombrados para lograr resultados tangibles dentro de dos años. Por un lado, los republicanos no van a necesitar consensuar casi nada con los demócratas porque tienen mayoría en las dos cámaras. Pero, por otro lado, no tienen muchos instrumentos con margen de actuación: el superávit fiscal heredado se ha convertido en déficit y la política monetaria es la más expansiva de los últimos 41 años. Queda, por supuesto, convertir en permanentes los recortes de impuestos directos para que los ciudadanos tengan mayor propensión al consumo y menos hacia el ahorro. También se puede eliminar la doble tributación de los dividendos repartidos, lo que animaría las cotizaciones bursátiles. Como la crisis es de oferta (un exceso de capacidad instalada que está reajustándose), también puede actuarse sobre diversos factores que influyen en la inversión empresarial, desde mejorar la tributación de las plusvalías que se reinviertan hasta modificar los plazos y límites para amortizar activos fijos. Así que sólo quedan dos únicas políticas importantes con margen de actuación. Que influirán directamente sobre el resto de economías del mundo. Una es el abandono explícito de la política del dólar «fuerte» para incentivar exportaciones, lo que beneficiaría a Iberoamérica y perjudicaría a Japón y la UE. La otra es ganar la guerra con Irak para controlar la oferta de crudo y reducir y estabilizar el coste de la energía para la producción. El aumento de la inflación que traería un dólar «débil» sería compensado por el control del precio de la energía. Desaparecería la amenaza de una deflación y volverían a surgir los fantasmas de la inflación y de la subida de los tipos de interés.

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