Colin Powell junto a Condoleezza Rice, ayer, en la Casa Blanca

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Enrique Vázquez - madrid
León

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Se diría que Colin Powell se prohibió a sí mismo el drama: se las ingenió para ser un disidente apacible y digerible en el gabinete de halcones de George Bush y aunque sin duda alguna consideró dimitir en su momento, siempre ponderó la disciplina y la sobriedad por encima del portazo. Se quedó... y se quemó. Colin Powell, secretario de Estado que hizo saber por carta su dimisión al presidente, fue fiel a sí mismo hasta para renunciar: cuando todo el mundo sabía que no se contaba con él escribe una carta para hacer saber que desea dejar el empleo. Pudo ser presidente de los Estados Unidos y termina su carrera -se supone- con una breve misiva siempre en tono menor. No siempre fue así: llegó a estratosféricas cifras de popularidad tras la guerra del Golfo, a la que se opuso como remedio político pero que ejecutó luego como el disciplinado jefe del Estado Mayor inter-armas que era. Pensó en dedicarse a la política y hacer las primarias de rigor, pero renunció, tras consultar con su mujer según reconoció, y en ese momento quedó a disposición de republicanos o demócratas. Eso es percibido allí como una buena cualidad. Pero cuando hay que optar entre una guerra descabellada en Irak, una renuncia imperdonable en Palestina y un unilateralismo arrebatado, no sirve. ¿El policía bueno? El creyó -la tesis de Tony Blair, mutatis mutandis- que para influir es mejor estar dentro y hacerse valer. No es seguro y en su caso el resultado es decepcionante: nunca pudo imponer su criterio, tuvo dificultades para tener acceso al presidente y, en fin, nunca fue considerado uno de los nuestros . En efecto, no lo era. Empezó bien: su discurso sobre la cuestión palestina en la universidad de Saint Louis fue conmovedor y prometía lo mejor, como otras aproximaciones a asuntos relacionados con el tercer mundo... pero todo se lo llevó la tormenta del 11-S, explicación última de cuanto ha ocurrido en la Casa Blanca desde entonces. Se le impuso la tarea de probar en el Consejo de Seguridad de la ONU lo imposible: que Sadam era una amenaza inminente y un padrino de terroristas. Hizo un inolvidable ridículo y él lo reconoció más tarde («sé que mi reputación ha sido muy dañada», dijo). No fue él mismo. Su carta del viernes, sin sorpresa, es el fin discreto de quien quiso ser el policía bueno y fue, aún a su pesar, el secretario de Estado del presidente que invadió ilegalmente Irak y no quiso o no supo dimitir entonces.

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