Un bebé de 20 días rescatado del barro, en la base española en Kinnia

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León

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26 de diciembre. Ocho horas después de la llegada del tsunami a las costas de Trincomalee, Hamira salió de lo que quedaba de su casa para rebuscar entre los escombros. Buscaba algo que poder salvar (ropa, útiles de cocina...) y lo encontró. Envuelta en barro y restos de aceite de automóvil, halló un diminuto bebé. Era una niña y tenía poco más de cuatro días. Hamira no lo dudó. La rescató, la limpió, le hizo las curas del cordón umbilical, la alimentó con una mezcla de leches y le puso el nombre de Fátima. Ayer, Hamira (de 36 años) la acercó hasta la escuela de Al Hira (Kinnia), donde Bomberos Unidos sin Fronteras (BUSF) y el personal sanitario de la Sociedad Española de Médicos de Catástrofes (Semeca) tienen instalada su base. El reconocimiento médico del bebé, que sólo tiene 20 días, fue satisfactorio. «Está sana, el cordón umbilical se ha curado y sólo tiene una ligera deshidratación», diagnosticó Ángela, la pediatra del grupo. Fátima es pequeña, muy pequeña. Tiene los dedos largos, como de pianista, y cuando duerme mueve la boca hacia los lados. Parece como si quisiera sonreir, aunque es demasiado pequeña para hacerlo. No llora, ni cuando tiene hambre. Hamira, que se ha quedado con ella, en la base española, le da el biberón y ella agarra la tetina y mueve sus pies. «Lo primero que hicimos tras comprobar que estaba bien es llamar a Unicef, tal y como nos aconsejaron que hiciéramos si nos topábamos con casos de este tipo», comenta José Soriano, jefe de la unidad médica del campo. Los responsables de la organización internacional de ayuda a los niños no llegarían hasta mañana. El personal sanitario de la base española consideró que era demasiado tiempo y se pusieron en contacto con las autoridades locales. Casos similares Sri Lanka carece de un programa específico y ordenado de recogida de huérfanos. Sólo en la división de Kinnia, según los datos oficiales recogidos por las autoridades locales, hay un centenar. La respuesta internacional a las elevadas cifras de niños que se han quedado sin familia ha hecho estallar una oleada de peticiones de adopción desde todo el mundo para acoger a lo que ya se denomina generación de huérfanos del tsunami. Pero el Gobierno es inflexible: los pequeños deben quedarse en el país y ser adoptados por familias lo más próximas posibles al entorno en el que vivían. Por eso ayer, seis miembros de la Muslim Foundation for Culture and Development (MFCD), encargados de coordinar los servicios sociales de la zona, se acercaron hasta Al Hira. Venían como en un pelotón: un pediatra, un asistente social... Comprobaron el estado de Fátima e hicieron una pequeña entrevista a la madre adoptiva. Ellos eran los que decidirían con quién se quedaría el bebé. Hamira sabía que la madre de Fátima había muerto, que una hermana estaba refugiada en la escuela de Al Hira y que su padre estaba vivo porque dicen que alguien lo ha visto. Mucha gente ha visto a desaparecidos, pero nadie saben dónde están. Son como fantasmas. El conocimiento de la familia y el buen estado de salud de la niña jugaron a favor de Hamira. Ahora ella es, bajo la supervisión de las autoridades locales y mientras no aparezca el padre biológico, la nueva madre de Fátima.

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