El báltico, la herida del imperio ruso

El 6 de septiembre de 1991 Moscú reconoció la independencia de Estonia, Letonia y Lituania. La brecha sigue aún abierta.

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Miguel Basmoscú
León

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El 6 de septiembre de 1991 el Kremlin reconoció la independencia de Estonia, Letonia y Lituania, acontecimiento que marcó el comienzo del fin del imperio soviético. Las tres repúblicas bálticas, las últimas que fueron integradas a la URSS, en 1940, fueron así las primeras en salir de la Unión Soviética en cuanto la impotencia del Kremlin, debilitado por el fallido golpe de estado de agosto de 1991, lo hizo posible. Para entonces, ninguno de los gobiernos de las tres repúblicas ocultaba ya sus anhelos independentistas. Los tres habían proclamado la independencia, contaban con un aplastante apoyo popular y con un aliado cada vez más potente, el presidente de Rusia, Borís Yeltsin, también respaldado por el pueblo y enzarzado en su propia lucha contra el Kremlin. Tenían, además, toda la base legal para el reconocimiento de la independencia, sentada por el Congreso de Diputados, el primer legislativo de la URSS surgido de unas elecciones con olor a democracia y que ya en su primera sesión encaró un tema hasta entonces tabú: el pacto Mólotov-Ribbentrop de 1939, que permitió su anexión por la Unión Soviética. Aquel congreso no solo reconoció la existencia de los protocolos secretos del pacto, que Moscú negó hasta entonces y en los que la Unión Soviética de Stalin y la Alemania de Hitler se repartieron la Europa del Este. También los condenó, admitiendo, de hecho, la anexión y la ilegalidad de la ocupación de las tres repúblicas durante poco más de medio siglo. Como resultado, nadie, ni siquiera los comunistas, se manifestó en contra del decreto por el que se reconocía la independencia de Estonia, Letonia y Lituania. Desde entonces, mucho ha cambiado: las tres repúblicas bálticas han entrado en la Unión Europea, la URSS ha dejado de existir y Vladímir Putin relevó en el Kremlin al antiguo aliado de los independentistas bálticos, Borís Yeltsin. También han cambiado las relaciones entre Moscú y las bálticas, que, junto con Polonia, se han convertido en un permanente factor irritante para los actuales inquilinos del Kremlin. Las tensiones alcanzaron su máximo nivel en vísperas del 60 aniversario del fin de la II Guerra Mundial, cuando los presidentes de Estonia y Lituania se negaron a acudir a festejos que tuvieron lugar en Moscú.

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